exilio Opinión

Lacrimógenas y balas desde el exilio

5:15 p. m. FloraFrancola

Mapas sobre mapas. Flora Francola. 2017.



Mi vida es mercurio derramado, 
teselas sueltas de un mosaico enterrado, 
soy fragmentos de lo que soy
Octavio Armand. 




Desde hace algunos años he leído tweets, estados en facebook, incluso cartas abiertas donde se explica con varias razones que quienes salieron de Venezuela no pueden opinar sobre la crisis o quejarse de la precariedades que asfixian a los que siguen adentro. Las restricciones que se le enfrentan a cualquier opinión de los que se han residenciado en otro país se basan en «no sabes de lo que hablas porque no estás pasando por lo que vive el venezolano de a pie», argumento que deviene de un concepto instaurado desde hace años donde se juzga al que se fue porque no sufre las condiciones del que se queda, quitándole peso al trajín del inmigrante. Fuera de ellos —de la Patria— ya no perteneces, eres paria tanto para el país donde estás como de donde vienes. 

Si bien la socialmedia es un fuente de información que se actualiza a cada minuto, también es un caldo de cultivo para las especulaciones, eso está claro; cuando uno vive en el extranjero toca aprender a filtrar mejor las noticias que ve, a verificar, preguntarle a los amigos y gente confiable antes que creer en notas de voz madrugadoras. Es igual de fácil ser presa de la histeria desencadenada por fotos de heridos en protestas o de recién nacidos afectados, sentada en una sala a oscuras en Buenos Aires, Santiago, Fortaleza o Acarigua. Sé que la primera respuesta que podría seguir a esta frase es que no, que yo vivo en calma y que las lacrimógenas y las balas no me afectan. A lo que respondería que mis hermanos, mi madre, primos, tíos, bebés y ancianos siguen dentro del país, que no voy a caer en nacionalismos, no voy a defender reservas de petróleo, ni oro, ni las playas más bonitas del mundo u otros sinsentidos, sino a millones de personas que no merecen el gobierno que sufren. Que si por mi ventana no entran gases tóxicos o si no siento que me va a alcanzar una bala —militar— perdida, una munición no atraviesa mi garganta, ni tengo hematomas causados por las bombas lanzadas como proyectiles; no me desliga de quienes todos estos días corren con ese infortunio. 

Hace un par de años circularon palabras que Lorenzo Mendoza ofrecía frente al aumento de jóvenes que decidían migrar al exterior en el momento en que —según él— Venezuela más los necesitaba. En aquellos días, como en todos estos, cualquier opinión era puerta abierta para un debate. No puedo asegurar que el tono de Mendoza fuese exactamente malicioso, sin embargo, el juicio cae sobre los que se han ido, los que nos fuimos, los que se seguirán yendo. Construir desde cero un hogar, una vida con expectativas diferentes, a veces hasta opuestas a las que creíste posibles en las ciudades donde viviste en Venezuela, no es sencillo, ni va a serlo nunca. Mas allá de eso, uno se encuentra de muchas maneras con venas conectadas a ese país, con el que todavía guarda relación por encima de la nacionalidad, del pasaporte vencido y los papeles de migración. 

«Una de las crueles paradojas del exilio es que te saca de una visión forzosamente un poco provinciana, un poco insular, cuando estabas sumergido en tu contexto y solamente en tu contexto, y de golpe te muestra que el mundo es más complejo, y por lo tanto tu propia pequeña isla también es más compleja; porque de golpe la ves de otra manera», contaba Cortázar de aquellos años cuando debió ausentarse de Argentina a causa de la dictadura. Diremos a veces que nuestra salida no comenzó como un exilio, empezaremos a llamarle diáspora, cada mes veremos igual que Cortázar que el regreso es un fantasma, que una opinión crítica frente a la autoridad puede costar la tranquilidad, o la vida. Llamémosle exilio, ahora sí, por respeto a quienes no podrán regresar a Venezuela bajo amenazas de muerte o persecución, por quienes perdieron un familiar a manos del hampa o en un hospital que no tiene siquiera suturas y coagulantes. Hablamos de algo que se arranca, de una sociedad que se fragmenta. Esto ya no es un simulacro.

Estar afuera, tener residencia en otro país, no significa que los golpes que recibe la ciudadanía en Venezuela no te harán daño, uno teme por los amigos y familiares, le duelen las universidades, los hospitales, las calles. Ves los informes del gobierno para sentirle el sabor a la mentira y el descaro y lloras de impotencia con las arbitrariedades que no dejan de suceder. Encontrarse en otra latitud, en medio de un proceso tan enardecido como este, es la carga de muchos, no solo de nosotros; entenderlo nos ayuda a conectar también con personas que han vivido exilios en formas tanto o más dolorosas, irrefutables. Es insensato menospreciar el sentir de los otros solo porque han dejado el lugar donde se concentraban sus penurias, me refiero a que no podemos decirle “malagradecido” a Reinaldo Arenas por embarcarse rumbo a Estados Unidos cuando tuvo la oportunidad, por ejemplo. ¿Diremos que es menos cubano o que no representa al pueblo que dejó en la isla? Hombres y mujeres a los que se les arranca la posibilidad de volver, y que tampoco logran ser parte del contexto social al cual emigran. 

Debo agradecer todas las mañanas que he contado con mejor suerte que muchos, que entre un poco de mímesis y otro tanto de empatía, casi siempre me he mantenido resguardada de la discriminación y xenofobia de la que son presa muchos venezolanos desde que empezó a masificarse la salida. Admito también, con un pequeña cuota de pena, que no he buscado mantener un legado, reproducir los recuerdos de “mi país” en el lugar donde vivo ahora del modo que otros hacen, a pesar de que como algunos de los que nacimos en Maracaibo, ya me sentía extranjera antes de salir.

Con más frecuencia de la que esperaba, encuentro personas provenientes de otras ciudades de Venezuela y otras naciones, incluso otros continentes, todos en distintos aspectos atravesados por las persistentes sombras de la migración. En América no existe país que no se vea afectado por conflictos sociales o políticos, y las cifras de los movimientos poblacionales incrementan exponencialmente cada año. Aparecen hilos invisibles que nos conectan a todos. Cuando Marina Abramovic se presenta dice no tener patria, al haber nacido en un país que ya no existe, la ex-Yugoslavia. Aún así, sostiene que su origen siempre está presente, pues no hay forma de escaparse de sí mismo. 

Entendemos que el tiempo nos hace mas filosos, agudiza la sensación de estar solos en una lucha, bien sea por exigirle al régimen las condiciones básicas para sobrevivir dentro del país, entre la escasez de medicamentos, la crisis humanitaria, la inseguridad y la imposibilidad de salir; como por la soledad de no pertenecer al lugar en donde se ha nacido, que ya no puede recuperarse, ni al lugar donde se hace vida, una muy distinta a la que en algún momento fue planteada. La distancia que nos separa puede salvarse en el nexo, el vínculo, porque la empatía es un acto de rebeldía, es resistencia, es quitarle al sistema totalitario el placer de vernos disgregados, divididos, insultándonos por mirarnos desde ópticas distintas. Aquí no somos enemigos, somos dos caras de una moneda que aún sigue girando.


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Edición:
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Redacción, diseño y diagramación:
Maily Sequera.
Autores y colaboradores:
David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

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