Crónica Néstor Mendoza

Espaldas y escudos: Marcha de las batas blancas hasta las puertas de Insalud

12:46 p. m. NESTOR MENDOZA




Las espaldas atraviesan la avenida Bolívar Norte de Valencia, el miércoles 17 de mayo de 2017, poco antes de las 10:00 a.m. Pasan frente a una solitaria estación del Metro, la Rafael Urdaneta (Cámara de Comercio). Quienes transitan miran con extrañeza, como recién levantados, con ayuno colectivo, con familiaridad, sin furias ni excesos. La marcha agrieta un grueso bloque ártico, congelado desde las cumbres gubernamentales. Agrieta nuestro ánimo (mi ánimo): lo renueva.

Allí van muchísimas espaldas. Espaldas jóvenes, altas, bajas, delicadas, anchas. Espaldas que se cubren con tela blanca, la de las batas. Espaldas utilizadas como pancartas, como paredes, como pizarrones, como muro de redes sociales, como gritos y, especialmente, como consignas escritas con suprema indignación: «No hay quimioterapias»; «No hay gasas»; «La salud no se negocia»; «El cáncer no espera»; «Salvemos a los niños de la CHET»; «Venezuela está en coma»; «SOS Oncológico». Esas espaldas jóvenes, cada día, deben repetir a sus pacientes que no hay medicinas: no hay antihipertensivos, no hay insulina, no hay gasas, no hay quimioterapias, no hay pastillas para la circulación y la tiroides… solo hay récipes que se asignan para iniciar una búsqueda influctuosa que podría desencadenar una crisis sanitaria y en todos los casos acarrea una irremediable respuesta farmacéutica: «No hay esa medicina».

Marchan desde el Rectorado de la Universidad de Carabobo. Oigo voces en formidable coro: «Y cuál, cuál constituyente, si en los hospitales se nos mueren los pacientes». Sostienen banderas, pancartas apretadas con dos, con cuatro manos. Médicos y odontólogos, estudiantes de Medicina, Bioanálisis, Enfermería. Jóvenes de otras escuelas. Jóvenes valencianos, carabobeños, venezolanos. Jóvenes sin uniforme, con franelas sudadas y desgastadas de tanto uso entre pasillos, pabellones y autobuses, los escasos y maltrechos autobuses ucistas, las casi extintas «iguanas». Junto con ellos, también avanzan profesores, médicos y pacientes de la Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera.

La edad y la profesión no son excluyentes: una señora sin uniforme reanuda nuevas consignas. Veo a las autoridades de la Universidad y al decano de la Facultad de Ciencias de la Salud, miembros de la organización Médicos Unidos por Carabobo, representantes gremiales y directivos de la U.C. Una abuela, con la parte superior de un uniforme de medicina, pasa entre quienes marchan (a su manera, ella también es parte de la marcha: una espalda de resistente longevidad). Algunos dejan caer  unos pocos billetes en sus manos.

Camino en silencio. Podría gritar o al menos pronunciar quedamente. Prefiero ver y escuchar. Hincharme de voces, de rostros lisos y asoleados, tersos o con barba, con matices: los que marchan son más elocuentes que yo.  Marchan hasta la sede de Insalud, hacia el centro de Valencia, en la médula cultural de la ciudad. Vale acotar que Insalud está rodeada de instituciones culturales: el Teatro Municipal, la Biblioteca Manuel Feo La Cruz, el Paraninfo, la «Ramón Zapata» y la Escuela de Artes Plásticas Arturo Michelena.

Hoy han decidido marchar —ya es habitual y es casi la única alternativa de ser escuchados en Venezuela—. El día a día de todo médico venezolano es una marcha: al hospital, a la universidad, al esfuerzo sostenido de formarse para salvar vidas en un país donde se aniquila el derecho a la salud. Son estudiantes que llegan al campus de Bárbula desde diversos puntos de la ciudad y de estados vecinos. Es inevitable ver esas caras y no sentir en ellos un doble deseo: el de quedarse en el país o de graduarse para emigrar.

La zona de vanguardia se separa ligeramente del corazón. Alguien pide una brevísima pausa para no desarticular este cuerpo que marcha en nombre de la salud (y, a fin de cuentas, por el derecho a vivir y la apertura del canal de ayuda humanitaria).

Llegamos al cruce de la estación de la Cedeño: subimos por la calle que está a la derecha. Nos topamos con la otra marcha simultánea, la que cruzó la avenida Lisandro Alvarado, proveniente de la CHET. Ahora formamos una sola estructura de consignas y banderas. Algunos policías nacionales observan y se resguardan del sol, debajo del edificio más alto de la zona. Sucede el acople definitivo y «seguro».

Fotografías de Orlando Nader (Tiempo Universitario U.C.)
La calle es estrecha pero existe una distancia prudencial entre una y otra espalda. Nadie tropieza. A veces miro rápidamente hacia atrás, hacia adelante, para medir la extensión blanca que me circunda (Rosa María, Zulay y yo formamos un collar de tres piezas para no extraviarnos). Esa calle forma parte del centro de la ciudad: algunas casas de vestigios coloniales y establecimientos que anteceden la ebullición de los comercios supervivientes y los transeúntes.

El costado lateral del Teatro es el vecino más próximo a Insalud. Entre las calles Libertad y Colombia, nos espera un piquete de escudos de la policía estadal. Los escudos reciben a las espaldas blancas. Una espalda vestida de negro se sube a un camión y pronuncia un corto discurso sin megáfono. Se nota mucha fuerza, a pesar de que el aire tiende a tragarse las palabras. Trato de acercarme un poco más, un poco más cerca de esas espaldas blancas y de los escudos y el cercado de Insalud. Estoy cerca y trato de comprender cómo aumentan las espaldas asesinadas: espaldas venezolanas asesinadas en varias zonas de Carabobo y del país (desde hace varias semanas, desde hace una semana, desde hace cuatro días, desde hace dos, desde hace uno, ¿ahora mismo?). Trato de entender y de sentir por qué estamos aquí, por qué estoy aquí, por quiénes estoy aquí; por qué mueren espaldas venezolanas en las calles, por qué mueren espaldas infantiles en las maternidades, en hospitales y ambulatorios; por qué mueren espaldas con tiros certeros, tan certeros en su macabra exactitud de francotiradores, por qué son asesinadas, arrolladas por camionetas de uso oficial o malogradas por tanquetas de la guardia. Esto no ha sucedido en esta marcha. Pero sucede en otras.

Me acerco a la franja metálica del Instituto. Varias espaldas de Insalud miran lo que sucede frente a ellas. Percibo y verifico las ganas prohibidas de decir lo que allí sucede, lo que administrativamente se hace o se deja de hacer puertas adentro. Son espaldas que trabajan como analistas de recursos humanos, trabajadores públicos, venezolanos. La prohibición llega desde las cumbres heladas. Directrices en rígido orden piramidal, «cívico-militar».

Algunos escudos hablan. Intentan dejar de ser escudos, barreras, pero la orden es contener. La orden es ser escudos (y en otros casos, balas y detonaciones de bombas lacrimógenas disparadas en forma horizontal). La presión argumentada de quienes marchan permite la transformación, un breve diálogo resguardado bajo un gran árbol que sí da sombra. En ese momento, antes de las doce del mediodía, esos hombres uniformados dejaron de ser escudos: pude ver sus apellidos en la parte superior derecha de sus pechos, al lado opuesto de sus corazones. Apellidos que surgían del azul de sus uniformes: eran apellidos y nombres abreviados, escritos en letra blanca; ya no eran escudos y armas enfundadas. Y de este lado, ya no eran solo espaldas: eran estudiantes y profesionales de la medicina que intentaban entregar un documento, argumentos que defienden la salud y posibles excarcelaciones. Esos hombres —y no solo escudos— permitieron la entrega. Lo planificado, al menos en teoría, se lograba. En otros espacios no se logra o se logra a medias. En otros espacios se impide la llegada antes de iniciar la salida.

El diálogo es el cese de la muerte —y el retorno de la convivencia republicana y civil— y no esa paz funeraria que diariamente se decreta con guante dictatorial.  


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