Cartografía de la Violencia: El fantasma de Chávez en nuestra educación política

4:04 p. m. David Parra



En la antigüedad se creía que cuando un determinado grupo de individuos actuaba de manera compartida o accionaba una dinámica colectiva, se encontraba bajo el influjo de un «Egregor» una especie de entidad psíquica vigilante —similar a un fantasma o un ángel— que de manera etérea intervenía en los deseos y acciones de las personas. Esta entidad se alimentaba de las aspiraciones y necesidades, de los miedos, incertidumbres, pasiones y rencores que sentían las personas. Por ejemplo, «El Egregor Romántico» de la Ilustración sería ese espíritu compartido que luego de iniciada La Revolución Francesa, multiplicó el cambio de paradigmas en las independencias de Estados Unidos y América del Sur o «El Egregor Materialista», que impulsó a la revolución bolchevique sobre el palacio del zar en 1917 y se consolidó en el furioso pensamiento socialista. También puede asociarse con las tendencias, las modas y la música, que a pesar de iniciar en un panorama consciente pasa a ser parte natural de la sinergia en la cultura. 

En Venezuela la creciente espiral de violencia nos ha llevado a un punto sin retorno. Nuestra conducta colectiva se ve sesgada por la autodestrucción, el odio y el desprecio al semejante, la represión, la humillación, el resentimiento, la muerte y la confrontación directa para solucionar cualquier problema que se nos presente; son actitudes que la gran mayoría repite consciente o inconscientemente cada día en las calles, trabajos, hogares etc. En muchas conversaciones con intelectuales de izquierda y de derecha, entrevistas de analistas, politólogos, comentaristas y estadistas, estos confirman y repiten esa mítica sentencia donde argumentan que «Chávez consolidó en sí mismo la suma de voluntades de miles de millones de personas. La fe, los sueños y las frustraciones que desde hacía décadas aquejaban el sentir de un pueblo» convirtiéndose de esta manera en una suerte de catalizador emotivo/ideológico que transformó para siempre toda la dinámica social Venezolana. 

Es una realidad que Hugo Chávez siempre buscó, a lo largo de su vida, trascenderse a sí mismo. Que lo que predicaba, pensaba y sentía fuera siempre más grande que él, en una especie de doctrina mesiánica con elementos populistas, acciones sociales, políticas, estatales y dinámica de campaña militar. ¿Pero qué fue lo que transformó y de qué manera lo hizo? Este es el punto de partida para un análisis que quizás resulte reduccionista (ya que la personalidad y actitud del HC histórico es bastante amplia) pero puede servir para delimitar una línea sobre el mapa del desastre. 

Chávez surge en una década oscura, signada por la desigualdad y la miseria, en donde la corrupción y los abusos de poder asfixiaban las oportunidades de los ciudadanos. Sobre esta situación se cimentan los criterios de su accionar revolucionario básico (materializados en un fallido golpe de estado y posterior campaña presidencial) que pretendían socavar por completo el orden establecido. Chávez como arquetipo en la conciencia colectiva explicada por Jung, ocupa el puesto de «El Destructor», aquel que transgrede y devasta para transformar. Rebelde, amenazante, libertador. El encargado de abrir las puertas al arquetipo del «El Huérfano» quien siempre se encuentra oprimido o encadenado por sus circunstancias. Toma la forma del arcano número XIII, el símbolo antiguo del león con cola de alacrán. Su lucha es permanente, inevitable, infinita. Toma lo que quiere porque puede y lo necesita. Se considera a sí mismo más allá de la justicia y de la moral para conseguir y defender sus intereses o eliminar posibles amenazas. Siempre ve enemigos ocultos o directos, conspirando en contra de sus planes. Su mayor premio es la gloria que otorga la inmortalidad, el culto a la personalidad, el terror de los contrarios. La violencia justificada es la bandera, modo de operar y recompensa. Luego de morir, su Egregor fue magnificado en alegorías fundamentalistas, manteniéndose en un luto irresuelto por sus seguidores, atado a promesas que se difuminan y oscurecen entra más se aleja su recuerdo. Es completamente cierto que logró socavar y volcar por completo el sistema, plegándolo — para nuestro horror— sobre sí mismo. 

Hugo Chávez como piedra angular de su Revolución Permanente creó y reescribió —envuelto su aura de cacique chamánico— los mitos sobre los que se yergue nuestra sociedad. Por ejemplo, modeló la independencia como punto de partida republicano conectándola horizontalmente a la transición de su fallido socialismo del siglo XXI. Sin embargo, el mito que cobró más fuerza a los largo de los años fue la dialéctica de la violencia. Aquella que a pesar de predicar amor, igualdad, equidad entre sus seguidores, siempre mostraba los dientes del odio, el resentimiento y el sacrificio. Justificó la violencia como mecanismo de expresión de las masas, enarboló masacres y saqueos (Ejem: El Caracazo), como actos populares homogéneos y conscientes. Y el adagio de «Cuando Bajen los Cerros», como una advertencia perenne sobre sus adversarios, eufemismos de la venganza y retribución sobre los explotadores a mano de la miseria causada. Fue él quien instituyó el discurso agresivo, hiper-masculino, homofóbico y sexista para descalificar a los opositores, fue él desde el día uno en su campaña quien pidió cabezas en aceite,  esgrimió la descalificación, la falacia del odio, la doctrina del oprimido; ese que luego de cortar sus amarras, acciona la guillotina sobre el cuello del patrón para robarle la ropa. Fue él quien inoculó la cólera, quien enseñó tácticas de guerrilla, armó a la gente, invadió terrenos y expropió fábricas para apoderarse de todo el apartado productivo y de distribución; indultó a asesinos y pactó con los pranes luego del 11A, disfrazándolos de comandos tácticos paramilitares que bajo la etiqueta de Colectivos amedrentan, roban y asesinan ciudadanos. 

El Egregor de Chávez vive en cada piedra lanzada sobre la autopista y cada negocio saqueado durante las manifestaciones de este mes. Vive en el recuerdo y el dolor de las víctimas. Vive en el guarimbero, manifestante, tupamaro, guardia, sindicalista, malandro, policía, tomista y delincuente que conscientemente daña a otro venezolano para defender sus propios intereses. Vive en el discurso iracundo y populista de muchísimos líderes de oposición venezolanos que al parecer aprendieron más de él que sus propios seguidores. Vive en cada tweet que invita a la violencia y la muerte, en cada enfrentamiento en los barrios, en cada discurso que grita y escupe sobre los micrófonos, en cada paso sin reflexión, en cada pacto bajo la mesa, en cada cínico análisis de quienes ven esta situación con la frialdad de quien observa un juego de ajedrez. Su Egreror se magnifica con la pornomiseria como justificación de la destrucción, en el vandalismo contra las ciudades, en la esperanza ilógica del presidencialismo mesiánico, en el irrespeto de quien sube una foto con cadáveres tiroteados como una simple cifra en la batalla o como una bandera política. En el irrespeto a la constitución, los valores republicanos y los derechos humanos. Vive en el rencor y el resentimiento de quien espera la cacería, vive en nuestra pulsión de venganza, esa que no nos deja dormir por la noche. 

Mi sueño pese a las circunstancias, es que en algún momento este ciclo por fin se cierre y podamos ingresar en el futuro, más empáticos, sinceros y solidarios con el hermano, porque por más que desaparezcan las bestias y su conflicto, la espuma de su rabia siempre termina permeándolo todo.



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