«Pelo Malo» Entre el miedo y la ilusión

11:25 a. m. J. E. González Vargas


«Pelo malo» no es una película para todo el mundo, es lo primero que se puede advertir sobre ella. Es una película venezolana que no busca ceder ante los caprichos esperados de la audiencia, retratando el país como el mejor del mundo porque tenemos playas y mujeres bonitas, o un infierno infrahumano habitado por malandros mutantes y otros clichés descendientes de restos de telenovelas y películas ochenteras. Es, en su lugar, un retrato meditativo que revela una dura crítica sobre la sociedad venezolana.

Situada en el 23 de enero de Caracas, la cinta gira en torno a Junior (Samuel Lange), un niño amanerado que quiere alisarse el pelo para parecerse a un cantante en su foto escolar, y quien comienza a sufrir las consecuencias de no seguir el molde que la sociedad espera de él. Y de su madre, Martha (Samantha Castillo), quien ha tenido que ser madre y padre para Junior y su hermano, y que teme que tal comportamiento signifique que su hijo es homosexual. Pero Pelo Malo, a diferencia de Azul y no tan rosa, va más allá de un llamado de comprensión sobre la homosexualidad. 

Dentro de su cotidianidad capitalina toca, ante todo, el encasillamiento en una sociedad que demanda conformismo y sumisión para sobrevivir. Esto es visible con Martha, la madre. Ella es una vigilante recientemente suspendida, quien se siente fuertemente vinculada con su trabajo por ser parte de su identidad. Una identidad que discrepa con el rol tradicional femenino, el cual debe aceptar, trabajando como señora de limpieza para sobrevivir. De cierto modo, ella como mujer-masculina vive de manera paralela y opuesta a la "feminidad" de su hijo, causando un rechazo mutuo. 

Pero como se evidencia en las escenas con la abuela (Nelly Ramos), el hecho de que tenga actitudes amaneradas no significa que se le pueda definir completamente con la feminidad. Junior es Junior, un individuo con gustos propios, pero que no posee la libertad de saber cuáles son sin ser obligado a cargar una etiqueta hecha para el beneficio de toda la gente, menos de él. El denominado “Pelo malo” pasa a ser entonces el estado de inocencia natural de Junior, carente de definiciones antes de la adultez, y que es ridiculizado por llevar de una manera diferente. Esta idea es recalcada con una escena donde la gente se rapa la cabeza por la salud del fallecido presidente Chávez.

Otro elemento social importante es la supervivencia ante el abandono. El padre de Junior murió de manera violenta y por eso su abuela desea que crezca afeminado para que “no le hagan nada”, mientras que su madre quiere que crezca capaz de defenderse ante un mundo violento. Y a pesar de que la cruda realidad de una de las ciudades más violentas del continente nunca se manifiesta en la película, su parafernalia acecha como una sombra, como lo hace también el glamour del plástico paraíso de las playas y las misses. Para sobrevivir ante la impotencia de esta situación, los personajes parecen nada más tener dos opciones: la paranoia y el miedo constante de demostrar debilidad, o sumergirse en la fantasía de las pocas banalidades que se permiten. Parafraseando a Italo Calvino, en el infierno hay sólo dos opciones: volverse parte de él o intentar ser un poco de cielo.

En resumen, Pelo malo es una película diferente que obliga al público venezolano a pensar, y mucho, sobre temas que probablemente le sean incómodos. Sus actuaciones poseen sutileza y realismo que nada tiene que ver con las acostumbradas teatralidades. Su narrativa es lenta, cargada de largos y reflexivos silencios dejados a la interpretación, pero que al definirse se vuelven un espejo en donde muchos venezolanos temen ver el reflejo de su propia realidad.

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Edición:
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