Maily Sequera Opinión

No escribiremos más de la tragedia-país

5:26 p. m. Maily Sequera





Esa ambivalente emoción que sentimos al entrar a las redes sociales se balancea entre el deseo de encontrar esparcimiento y esa certeza de que seremos introducidos sin consulta dentro de las microcápsulas de una realidad terrible y acechante. En su diaria convivencia, el venezolano se rifa una pesadilla que sortea atropelladamente en medio de una desastrosa cotidianidad mientras alimenta su nerviosismo y desesperanza en los espacios digitales. Es allí donde se registran, publican y debaten los diarios eventos desafortunados –por decir menos- que ocurren en todo el país.
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La diaria revista de nuestros perfiles en Facebook y Twitter se llena de vídeos y relatos en los que nos enteramos de golpizas masivas, mujeres desesperadas por comida para sus hijos, gente comiendo desechos, niños muertos por desnutrición, genocidios en barrios o prisiones, gente hambreada que llora en las puertas de un supermercado, linchamientos públicos, vergüenzas políticas, prostitución infantil y otros terribles episodios. 

Una revisión rápida a las redes y obtengo mi dosis diaria. Veo el casi linchamiento de un hombre que ha robado un celular en alguna estación del Metro de Caracas. El sospechoso se orina encima mientras unos muchachos con morrales de estudiante quieren golpearlo, matarlo, desnudarlo. No se deciden. Le sangra el cuerpo entero al presunto delincuente mientras es pateado y golpeado hasta con una pala de aluminio. Eso ocurre en las calles de la ciudad capital, otrora ejemplo de modernismo y civilización. No llego a ver el desenlace pero en otro vídeo no han transcurrido cinco segundos y un señor es asesinado, presuntamente por alguna fuerza policial en Táchira. Fue lento y torpe en su huida. Era casi un anciano intentando correr para ocultarse durante un allanamiento de esos que buscan pranes que nunca encuentran.  Miro a los niños armados y en sus rostros encuentro historias que los avejentan; me cuentan de una vieja y monstruosa adaptación a la muerte. Antes más que ahora, revisaba noticias, entrevistas, crónicas, documentos enteros sobre la emergencia eléctrica, la emergencia económica, la emergencia del sistema de salud pero ahora, es el testimonio vivo de la colisión contra nuestra dignidad humana lo que me revisa a mí. Leo el testimonio de amigos que ya no comen bien. Colegas con sueldos miserables que laboran en condiciones de inseguridad, carestía y acoso. Amigos que buscan medicinas que no encuentran para ellos o sus familiares cercanos. Conocidos seriamente necesitados para resolver problemas económicos. Gente querida asesinada o a la que dejaron morir impunemente.

Sé que parece que nos hemos rendido. Como ciudadanos, como profesionales de la comunicación. Que  nos reservamos ante el conocimiento, la información o el debate, que nos hemos acostumbrado a la censura y entregado al rumor, a la absoluta ignorancia de aquello que no nos afecta inmediatamente. Pareciera que entregados al salvajismo de nuestros instintos solo consumimos, compartimos y edificamos ese pobre contenido amarillista  y desarticulado que llena docenas de webs, blogs y cuentas en redes sociales «dedicadas al negocio de la noticia». Probablemente por las razones anteriores y por saturación virtual, creemos que esos espacios son los únicos que nos han quedado para saber qué y cómo estamos viviendo.



Allá /Aquí

En mis observaciones, parece casi fenomenológico: el venezolano en el extranjero cree estar mejor informado y contar con un acceso privilegiado a las noticias de su país. Soy testigo de ello. Dicen que allá se enteran primero que nosotros de lo que pasa aquí. Y la verdad, no creo. Me parece que es hora de desmontar ese mito. 

Sea por su cobertura inexistente o deficiente, comencemos con la idea radical de que los venezolanos no contamos aquí con medios tradicionales: radio, prensa ni televisión nacional. Usted, mi paisano, tampoco. Usted cuenta con cadenas internacionales de TV y medios electrónicos, lo mismo que yo. Así que lo que ha visto, yo también puedo verlo. Conscientes de que la distribución de la noticia y la información en Venezuela es paupérrima, resulta normal que allá se sienta privilegiado –porque lo es– y que además, esté motivado a fungir de medio, de puente, de distribuidor, de los temas que supone de interés para sus compatriotas. Todo eso está muy bien pero es ésta una difícil empresa. 

En Venezuela, estar informado sobre aquello que nos afecta es casi imposible. Generalmente quien debería saber no sabe nada o no puede decir lo que sabe. La información oficial es limitada o censurada. Las fuentes se reservan datos o no son confiables y los medios y sus profesionales tienen restricciones económicas y legales, además de un sólido interés por proteger –al menos- su frágil tranquilidad y la de sus familias. A ello se suman los intereses editoriales, la alineación política, el auge del medio digital junto al declive de la calidad de su contenido y la confusión resultante del contraste de datos. Quien desee informarse –e informar– sobre actualidad nacional debe pasar por todos estos círculos infernales. 

Desde el extranjero, quienes allá hacen vida, intentan vivir hiperconectados con la actualidad venezolana y aunque ellos confían en estar mejor informados, lo más común es que todos juntos caigamos en la misma trampa. Motivados por la probada censura de los medios tradicionales, el maquillaje de la poca información expuesta, la preocupación por nuestros seres querido o por morbo y comprobación de distópicas tesis, un grueso temible de los venezolanos han validado popularmente los medios digitales más absurdos, colaborando con la viralización de medias verdades e imágenes irresponsables que motivan la desesperación y un abanico de desaciertos que van desde un tuit volatil, hasta la nota de voz en Whatsapp de una señora loca. Preocupados, envenenados y desinformados, divulgamos sin cuidado noticias falsas, eventos amarillistas e imágenes terriblemente fuertes, colaborando la desinformación y nuestro padecimiento psicológico que alcanza a los niños y jóvenes con acceso a esos contenidos.



A mí qué me cuentas

Junto a todos los motivos que dibujan el multifactorial panorama de crisis en la libertad de expresión de los venezolanos, tenemos el desastre en el que se ha convertido la emisión de mensajes en redes como Facebook, Twitter y Youtube. No me refiero al formato digital de la información, muy provechoso en nuestro caso, sino a la temible posibilidad de que cualquiera produzca y comparta contenido que luego es replicado -quizás viralizado- evadiendo cualquier sentido ético y repartiendo las responsabilidades en las marañas más oscuras de la red. Si no ha quedado claro, me refiero a que cualquiera pudo ver un vídeo de canibalismo en una cárcel venezolana. 

Producir y compartir contenido de la problemática del país desde una postura analítica, crítica, o para compartir información, es un trabajo que alguien tiene que hacer pero se debe entender que la emisión de cualquier mensaje demanda la responsabilidad de su emisor. Eso de «éste es mi Facebook y yo pongo lo que quiera» no es tan así cuando usted comparte información sensible. En medio de tanto ruido inútil, ese detalle parece ignorarse. 

Si evidencia el bloqueo de alguna información y se siente en deber o necesidad de comunicar un evento que le afecte a usted o a su comunidad, asuma seriamente la responsabilidad si decide exponerlo en medios públicos. No es fácil lo que le estoy sugiriendo porque, en primer lugar, informar puede ser riesgoso. Aún así, hombres y mujeres en países más peligrosos que el nuestro lo hacen eficientemente, usando cualquier forma de comunicación para construir las redes que les permiten comunicar, debatir y demandar sobre temas importantes para su gente. Por otro lado, si usted no tiene vocación, instrucción, ni desea que recaigan en usted la atención o posibles responsabilidades, absténgase de publicar algunas cosas.

Si le preocupa que nadie se entere de lo que ocurre, recomiende a familiares y amigos seguir en redes sociales a profesionales de la información, cuentas oficiales de medios venezolanos y extranjeros, cuentas del Estado y de organizaciones que aporten información de interés. La verdad es que compartir vídeos, fotografías o el relato escandaloso de un rumor, no genera ningún cambio ni tiene ninguna consecuencia positiva. Ver cómo un centenar de personas se medio matan por llevarse un kilo de harina probablemente alcance miles de vistas pero, como todos estamos sumergidos en los mismos problemas con mayor o menor intensidad, la normalización del caos ha provocado que estos eventos pierdan peso en la opinión pública 

Es comprensible que usemos nuestras redes como medio de desahogo pero también es evidente que hemos convertido estos espacios en una extensión de nuestro manicomio. Nos ha quedado el morbo por ver lo peor de lo peor como una alerta atemorizante o una amenaza superada. La divulgación pública de ciertos contenidos es éticamente reprochable porque trata superficial y escandalosamente una crisis profunda y utiliza a las víctimas como personajes de construcciones narrativas. Eso es irrespetuoso con las víctimas. La verdad es que nuestra crisis nacional es tan personal y desagradable que ya no se cuenta. O al menos no públicamente como un relato anecdótico. Para qué. Es penosa. Se ve en cada rostro que la padece. 


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Edición:
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Redacción, diseño y diagramación:
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Autores y colaboradores:
David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

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