cine documental Flora Francola

Lo sublime del fuego primigenio: «Into the Inferno»

1:23 a. m. FloraFrancola


Desvistámonos de nuestros conocimientos de humanos contemporáneos e imaginemos cómo ha de ser ver un volcán por primera vez sin saber qué es ese fluido luminoso. En segundos, pueden convertirse en roca sólida oscura e inerte los materiales que son arrojados con fuerza al cielo, con cada estruendo, como una voz grave que atraviesa cada árbol, muro y cuerpo; imaginemos sentir el terror y la maravilla, sin saber si quiera el origen o consecuencia del fenómeno. El entendimiento del fuego nunca se ha separado por completo de las creencias religiosas. Partiendo de lo primigenio, la noción del volcán como ente, ya sea demonio, deidad o portal, nos es revelada por momentos en los infiernos distantes que el cineasta Werner Herzog y el vulcanólogo Clive Oppenheimer, muestran en este documental. «Cuando alguien muere, su espíritu va a vivir dentro del volcán, este se vuelve su aldea y puedes hablar con ellos», dice el jefe de una tribu en la isla Ambryn, en Indonesia.

Con «Into the Inferno» vemos al Herzog que siempre trabajó a contracorriente del presupuesto, el tiempo y la naturaleza misma, trabajar en co-producción con el imperio Netflix; dirigiendo además de este documental, otro que reflexiona sobre la era de la comunicación masiva, abriendo preguntas sobre el alcance del internet «Lo and Behold: Reveries of the Connected World». Sin embargo, no se deja tentar por la facilidad de hacer algún film simplón que muestre planos abiertos de la vastedad del paisaje, sino que inicia una búsqueda del elemento humano atravesado por lo espiritual, la individualidad y la ideología en torno a la figura del volcán, en cada uno de los escenarios que recorre.

La voz de Herzog, a veces acompañada por música sacra frecuente en su filmografía, poema y libreto—, hace de guía por los escenarios magmáticos, trazando un mapa desde Indonesia hasta Etiopía, de Islandia a Corea del Norte, y de vuelta a Indonesia. Abrigado del frío y sentado junto a otros en las riveras del cráter del monte Erebus a más de 3800 metros sobre el nivel del mar en la Antártida, Herzog rememora conocer a Oppenheimer en el rodaje de «Encounters at the End of the World». Esta escena reafirma algo que ya hemos aprendido: los grandes planes suelen encontrarnos en momentos inesperados, como este proyecto que nace sobre una frase en la literalidad del fin del mundo: «El suelo sobre el que caminamos no es eterno, lo que hacemos no es eterno, los esfuerzos del ser humano no son eternos, ni el arte ni la ciencia».


¿Vale la pena morir por evaluar los niveles en un volcán? pregunta Oppenheimer, para hacer breve mención a la historia de Katia y Maurice Kraft, fotógrafos de volcanes presentes en grandes erupciones, majestuosos ríos de lava avanzando a velocidades peligrosas, para conseguir registros de una proximidad increíble. El drama que se percibe en las secuencias es una suerte de homenaje, ya que ambos mueren en un estallido del que solo se tienen tomas aéreas.

En una entrevista posterior a «Aguirre, La Ira de Dios», el director describe su pasión por los escenarios naturales: lo que no ha sido tocado por el hombre pero que tiene características humanas: «No es solo un lugar, es un estado mental». Aunque se refería al Amazonas, continuamos viendo tanto es sus ficciones como en documentales, que le atrae lo imponente del paisaje en dualidad con la introspección de sus personajes. En «Into the Inferno», tanto la belleza de los diálogos, como las respuestas espontáneas de los integrantes de las tribus o de los pobladores del lecho de algún volcán, evocan una atmósfera etérea incluso con la vista en la violencia piroclástica.

El ritual siempre está presente, y recuerdo a los pueblos del Caribe (no tenemos volcanes en Venezuela, pero sincretismo nos sobra), cuando un representante del Sultán en Yogyakarta cuenta la leyenda del volcán Merapi, que para reconciliar al demonio que lo habita con la Diosa del océano, los habitantes de la isla deben llevar ofrendas a la orilla del mar. Volvamos a la idea de no conocer de geología o geografía, y pensemos en la riqueza de ese acto colectivo. Recordemos los mitos creacionistas de etnias como la Wayuu o el Popol Vuh. Ahora regresemos al siglo XXI y reflexionemos sobre la relevancia del material volcánico, sobre nuestro camino como humanidad, en cómo un volcán en África, por ejemplo, ha producido grandes cantidades de obsidiana, un mineral que por su dureza y fragilidad a la vez, al quebrarse queda con bordes muy filosos, lo que nos permitía fabricar armas y herramientas milenios atrás; o en la importancia de un volcán en Etiopía para la fosilización de restos del homo sapiens, hace cien mil años.

Uno de los últimos territorios en los que se adentra el geólogo y el cineasta para acercarnos a los volcanes es Corea del Norte, donde el monte Paektu se convierte en un símbolo de lo social para reforzar la ideología del gobernante. Estatuas, canciones, imágenes y alabanzas muestran al líder sobre el volcán, algo que Herzog no pretende ignorar ni resaltar, simplemente contemplar casi en silencio.

Lo sublime de la fe, el misterio de los espíritus, lo concreto de las mediciones científicas, la evolución y el progreso de la humanidad, son aspectos integrados por la presencia del volcán y frente a la que extasiado, Werner Herzog, concibe una visión heterogénea de nuestra reciente existencia.





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David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

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