cine Maria Añez

«La La Land»: el encanto de los desencantados

1:10 a. m. María Añez




We’d sink into our seats
Right as they dimmed out all the lights
A Technicolor world made out of music and machine
It called me to be on that screen
Another day in the sun


Es una mañana soleada en Los Ángeles el tráfico está completamente detenido, y mientras la cámara hace un paneo entre los autos, una chica que sueña despierta comienza a tararear una canción. Otro rom-com se habría detenido aquí, pero estamos en Tinsel Town y todos son artistas que aspiran a estar bajo los reflectores; en el inconsciente colectivo hay una canción y una coreografía que está esperando el momento preciso para salir. Al estilo de Les Demoiselles de Rochefort (1967) o esa famosa escena de Fame (1980), conductores y pasajeros abandonan sus puestos y toman la calle con su baile para espantar la frustración de levantarse día a día para correr detrás de un sueño. La vivacidad de la escena y su multiculturalidad (que se diluye por completo en el resto de la película) resultan forzadas; a viva voz los bailarines nos dicen que esta oda al sueño hollywoodense también les resultado agotadora. En el camino han de recorrer entre el ahora y los sueños, desearían estar ya del lado de los aplausos y los premios.


Is someone in the crowd the only thing you really see?
Watching while the world keeps spinning ‘round?
Somewhere there’s a place where I find who I’m gonna be
A somewhere that’s just a waiting to be found.
Mia


Aunque el tránsito avanza, una chica distraída no se mueve. Un chico toca la corneta de su carro insistentemente. Ella le muestra el dedo por la ventana. Ese “meet-cute” es la presentación de Mia, una actriz que balancea una lista interminable de audiciones fallidas con su trabajo en la cafetería de un estudio de cine; y Sebastian, un pianista que se ha colocado el peso del mundo sobre los hombros al asumir la responsabilidad de rescatar la moribunda escena del jazz. Damien Chazelle los obligará a tropezarse una y otra vez en una ciudad de cuatro millones de habitantes hasta que aceptemos (y acepten) que están destinados a unirse. Ante una vista irresistible de la ciudad sucede lo esperado: salen los zapatos de tap y la tensión romántica se descarga en un número musical clásico. Si bien Emma Stone y Ryan Gosling no son Fred Astaire y Ginger Rogers, logran envolvernos con el encanto de la química que ya habían demostrado en “Crazy Stupid Love” (2011) y “Gangster Squad” (2013).

Pero esta no es una historia de amor. El romance entre Mia y Seb no es más que un montaje de escenas veraniegas con una musiquita alegre que nos pide que movamos nuestros pies a su ritmo y aceptemos que así es que se ve y se siente el amor. Lo que sostiene el tejido de esta historia son las obsesiones que Chazelle ventiló en “Whiplash” (2014): la obsesión con el éxito y la construcción de un legado y, ante todo, “Salvar el jazz”, palabras que Sebastian prácticamente le arranca de la boca al ¿desquiciado? profesor Terence Fletcher (J.K Simmons). Tenemos dos personajes unidos por la magnitud de sus aspiraciones cuya relación se basa en retarse para sacar lo mejor de sí mismos y lograr rozar ese sueño, la diferencia es que acá la imagen de Miles Teller sangrando y sudando encima de una batería para lograr el tempo perfecto es sustituida por una fantasía en tecnicolor del romance que Hollywood tiene consigo mismo.


El contrato que Chazelle le propone a la audiencia es sencillo: voy a tomar todos los símbolos que reconoces de los musicales como género, los barajearé y les daré nuevo significado para contarte una historia que si bien no es nueva tampoco será completamente derivativa. El objetivo es meta-referencial y el resultado es tarareable. Pero el pasticho de referencias no se limita a recrear escena por escena cada uno de esos momentos que previamente te ha hecho suspirar en otros musicales, el fortuito encuentro de los amantes, el casi paródico ascenso a la fama de Sebastian, el momento “nace una estrella” de Mia, los guiños a la era dorada de Hollywood y los tributos a los grande musicales de MGM, son trucos que son usados no para propulsar la historia, sino para sostenerla y asegurarse que haya algo que contar.

Este es el segundo rendezvous del director con los musicales, el primero fue su debut “Guy and Madeleine on a Park Bench” (2009). Sin embargo, hay un rasgo que le sigue siendo evasivo: la pasión. Los musicales nos plantean que esos sentimientos que tenemos atascados entre boca y pecho, por no saberlos expresar, tienen clave de canción y si comienzas a mover los pies te seguirán el ritmo. De la mano de los compositores Justin Hurtwitz, Benj Pasek y Justin Paul, nos brinda un soundtrack tan easy listening que no se aleja mucho de lo que Mia definiría como “música de ascensor”. Si se trata de entregarle algo al género musical más allá que un breve revival, La – La – Land cae ante el peso de su propio encanto: en Broadway se hace esto mismo 8 veces a la semana, en vivo, y recordando que no se trata solo de hacerlo “en grande” sino de utilizar lo supuestamente frívolo para capturar lo más contrastante de nuestra humanidad.


Here’s to the ones who dream
Foolish as they may seem.
Mia


Nos enfrentamos a un nuevo tipo de soñadores. Desde que los conocemos, Mia y Sebastian flotan en la magnitud de sus anhelos: ella quiere tener la presencia en pantalla de las grandes protagonistas de Hollywood, él quiere ser el hombre que saque al jazz del olvido. Pero cuando las puertas se cierran, las críticas son duras y las oportunidades que aparecen no son las que esperaban. El compromiso que tienen con sus pasiones es puesto a prueba, y eso no solo hace tambalear la relación sino la imagen que tienen de sí mismos. Ninguno de los dos encuentra redención en entregarse desquiciadamente a su pasión. La descarga de dopamina que mueve esta historia nos distrae de ver que la idea de éxito que estuvieron persiguiendo no era realizarse a través de su arte, buscaban una validación externa que les confirmaran que ellos eran lo que siempre dijeron ser. Son presas de la era de la satisfacción inmediata, y en cuanto aparece la oportunidad de recibir la validación que tanto han anhelado, sacrifican lo que sea necesario. Es allí, donde Chazelle se luce dirigiendo una hermosa coda llena de color, baile y más nostalgia de la que se puede cantar; todo lo necesario para dejar claro que el único lugar donde verás el amor y el éxito convivir en armonía es el mismo en el que un grupo de desconocidos puede parar una calle, cantar y bailar como si se reunieran todas las semanas a practicar.


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