cine J.E. González Vargas

«American (President) Psycho»

12:39 a. m. J. E. González Vargas



Donald Trump es un ser mediático, eso es innegable. Por tres décadas ha aparecido en películas, series de televisión, comerciales y demás cosas donde pueda recordarnos constantemente que él es millonario. A través de pura apariencia, de puro showmanship, se convirtió en una institución estadounidense. Cuando anunció su candidatura llamando a los inmigrantes mexicanos violadores y criminales, simplemente se tomó como una inofensiva payasada más de una figura que ya parecía más ficción que realidad.

No obstante, a pesar de tuitear varias veces al día, Donald Trump como persona es un misterio. Las veces que la han preguntado a Trump sobre un libro que no sea la Biblia o uno supuestamente escrito por él, suele responder con una respuesta preparada para salir del paso. De hecho, muchos han especulado que Trump probablemente sea disléxico o un analfabeta funcional —sus tuits son dictados a sus asistentes— y al tener docenas de personas leyendo y escribiendo cosas por él sólo empeoró la condición. 

¿Su película favorita? El Ciudadano Kane. Un clásico del cine, casi siempre entre las primeras de las mejores películas hechas en Estados Unidos, pero también es una respuesta genérica que no dice nada sobre quién es Donald Trump. Aunque las comparaciones entre Trump y Kane son fáciles, después de todo ambos son magnates con turbias vidas personales y palacios privados en Florida, pienso que no son del todo adecuadas. 

Trump, su entendimiento del mundo y su manejo de sí mismo provienen de una generación posterior de opulencia norteamericana pero más emblemática que Charles Foster Kane: Nueva York en los años 80. Por ello, conectar a Donald Trump con American Psycho, una de las obras más propias y polémicas de ese lugar y tiempo, no sólo es fácil sino lógico. En especial la versión al cine de Mary Harron protagonizada por Christian Bale, que va un paso más allá para convertirse en una sangrienta sátira de la masculinidad tóxica.

Ver American Psycho en plena era Trump es una experiencia educativa. Aunque lo primero que invade los instintos es el sexo gráfico y la violencia desenfrenada —muchas veces fundido en uno— estos ocultan el horror existencial del infierno consumista yuppie que vive Patrick Bateman, su protagonista. El sexo y la violencia son meros bienes, una extensión lógica del dominio que posee sobre su mundo plástico e impersonal de Manhattan en los años de Ronald Reagan.

La vida aquí es un eterno juego de apariencias donde todos sus participantes son prisioneros, pero también ejecutores de sus reglas. Bateman y sus colegas —casi todos hombres blancos de cuerpos atléticos y trajes impecables— se manejan en una superficialidad uniforme, culminando en un constante estado de confusión sobre la identidad de cada quién. Los apellidos anglosajones, las universidades caras y los restaurantes en boga se mezclan y se pierden. Este mundo no tiene lugar para la expresión individual, mucho menos la disidencia.

Trump no es solo una creación de este mundo plástico, sino que es un ídolo. En el libro, Bateman se refiere a él como "Donny", y come en una pizzería que odia porque Trump habló bien de ella. ¿Su principal aspiración? Ser invitado a la fiesta de navidad de Trump, el máximo símbolo de status entre sus colegas-carceleros. La única figura que parece superar a Trump en este mundillo es Ronald Reagan.

En la película, la conexión de Trump no es tan obvia pero está presente, con Bateman creyendo verlo dos veces. También se siente en un nivel menos obvio en su ropa, su lenguaje, la manera de manejarse con los demás. Trump y todo lo que le rodea está atrapado en un concepto del siglo XX muy específico de lo que significa ser exitoso. El mismo que plasma American Psycho. 

Los Patrick Bateman de hoy en día son más evolucionados y saben que deben mostrar una cara humanitaria y se asemejan y admiran a Steve Jobs o Mark Zuckerberg, historias de éxito contemporáneas. Gente que puede comprar países enteros con las ganancias de un app, y hacen conferencias en jeans y franela. En comparación, los hijos de Trump, que básicamente hicieron calco al estilo y visión de mundo de su padre, son anacronismos.

Pero los millonarios desde el boom de Silicon Valley hacia adelante no lucen como imaginamos que deberían ser los millonarios. Donald Trump sí, de la misma manera que encajan Charles Montgomery Burns o Rico McPato en nuestra visión mediática de qué es ser millonario. Es parte de su propia leyenda, una que siempre busca promover en cine, televisión y en Twitter. Ser presidente es parte de esa leyenda. El capricho de un hombre insaciable que ha comprado el privilegio de influir en el mundo mientras permanece desconectado de la realidad.

Al final de American Psycho, Patrick Bateman reflexiona sobre su propia vacuidad. Ya no sabe si los crímenes que ha hecho son parte de la realidad; el máximo acto de consumismo de un amoral y vacío que puede darse el lujo de comprar y destruir vidas, o una fantasía compleja y enferma nacida del aburrimiento excepcional de su prisión de Park Avenue, rodeado de individuos idénticos a él, incapaces de sentir otra cosa más allá de la codicia y el desprecio.

Pero al final, no importa. Nadie nunca le pasará factura por todo lo que ha hecho.



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