David Parra Literatura

No hay cama para tanta gente: Sobre los concursos literarios en Venezuela

4:51 p. m. David Parra



Iba a comenzar este artículo hablando sobre algunas conversaciones que tuve con otros jóvenes escritores respecto a los resultados de los dos últimos concursos literarios: El Concurso Nacional de Cuentos organizado por La Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela y el certamen de Poesía Joven “Rafael Cadenas” organizado por la tienda de artículos relacionados con la literatura AutoresVenezolanos. Sin embargo, no sé por qué, dudé en si el contenido que iba a postear sería o no relevante en mitad de una coyuntura nacional tan crítica. Sentí miedo y ganas de censurarme. Figurándome un confuso “respeto” de quien baja la cabeza frente a situaciones que lo sobrepasan. Ese luto tan contagioso entre los intelectuales venezolanos, en donde nos repetimos “hay cosas más importantes que esto” como una letanía antes de opinar y escribir. 

Entendí que uno de mis temores como creador se materializó: El poder nos había quebrado a todos, arrodillándonos y haciéndonos sentir culpables de nuestros propios reclamos frente al desastre. El escritor joven, el artista emergente, acabó siendo un conformista alienado en el más hondo pesimismo. Nada más basta con darle al scroll de Prodavinci y Contrapunto -incluso en bodrios como El Estímulo- para notar esa epidemia de tristeza y cinismo que nos está comiendo a todos. 

Al mismo tiempo, creo que se trata a su vez de una cuestión de enfoque. Que están ocurriendo tantas cosas al mismo tiempo y esto nos dificulta mirar en perspectiva. Una de las trampas del poder es confundirnos, separarnos y dividirnos. Y en un país donde el gobierno se dinamita a sí mismo en cámara lenta frente a todos nosotros, la inmersión es tan complicada, que es casi imposible liar dos pensamientos sin caer aturdido. 

La situación con los concursos literarios estos tres meses ha terminado por reventar las costuras de una problemática a la que se le ha estado dando la espalda durante demasiado tiempo. Y no, no se trata de la plañidera común de siempre ganan los mismos canapiares, ese fue seleccionado porque es hijo de sutano y apadrinado por mengano, ya van otra vez los caraqueños y su rosca literaria. No. En primer lugar, como ya lo he dicho antes, no hay tal cosa como una élite letrada en el país. Y eso  hay que entenderlo, no existe una élite letrada en Venezuela desde la generación del 88. Si hacemos un censo de autores en la Caracas actual habrá cerca de 80 escritores en edad madura y de tercera edad, un puñado de muchachos en cada escuela de letras, tres librerías, cinco blogs y cuatro editoriales independientes que luchan y sobreviven a las mismas circunstancias país que todos. Y podría afirmar que en otras regiones los que hacemos literatura estamos bajo la misma situación.

Es un problema seguir creyendo y afirmando esa convención, porque como hemos aprendido en estos 17 años de mala política, sobrevalorar ideas y atavismos infundados en la nada solo lleva a la catástrofe. Una vez una amigo me dijo que en Venezuela el problema era que si tú comprabas una vaca para alimentar a tu familia y esta por muy mala suerte enferma, tocándote sacrificarla, llegas iracundo en la noche del matadero a mirar las vacas del vecino esperando a que se mueran también.

Los resultados y la cifras de estos concursos no son la evidencia de que hay un club diabólico y cerrado que no permite a nadie entrar sin tener que pagarles la prota o hacerle favores sexuales. Los resultados del “Rafael Cadenas” deben más bien analizarse en el hecho de que en una sola sentada, 650 escritores jóvenes se echaron diente con sus mejores trabajos en el único concurso de poesía nacional que paga más de 25 mil bolívares en su premio principal. Que fue el único certamen entre los privados y públicos donde no tenías que gastar más de 10 mil bolívares en impresiones y envío para que ni siquiera te regresen el manuscrito. Estoy seguro que si sumamos esta cifra con la de los autores que enviaron al concurso de cuentos de SACVEN y la Policlínica Metropolitana, el numero sobrepasaría los tres mil o cuatro mil manuscritos. 

No sé si es que yo estoy muy alienado, pero cuando anunciaron lo de los 650 concursantes a mí me dolió. Me imaginé a todos nosotros en una cola de tres días como las que hacemos para comprar comida. Y que al abrir las puertas del supermercado, nada más dejaran pasar a treinta chamos con derecho de mirar comer a los tres ganadores. Que no es mentira eso que afirmaron varios escritores en los recitales vía twitcam donde comentaban que entre todas las profesiones y oficios en el país, el escritor joven era uno de los que estaba pasando más hambre. Que la necesidad tiene cara de perro y tanta precariedad frustra, evidenciando que los concursos literarios no son un incentivo o una promoción, sino una favela cultural en donde terminamos todos hacinados, espalda con espalda. 

Ya era deprimente ver lo que el Estado hizo con la industria editorial venezolana. Como acabó con Monte Ávila Editores o la Biblioteca Ayacucho, agarrando los tomos más importantes de la literatura latinoamericana y dándole -como a la harina, la leche y el jabón- precios regulados y subsidiados que las llevaron directo a la quiebra, frente a la mirada complaciente de muchos que celebraron el hecho de que los libros costaran menos que un pasaje de autobús. Cuando también quemó todas las imprentas y demás maquinarias en su voraz carrera electoral de propaganda panfletaria y aniquiló a la industrial del papel en su despilfarro, corrupción y censura. Ya era lo suficientemente difícil afrontar la humillación gubernamental donde a los escritores se les paga con migajas por sus derechos de autor, reteniendo su obra hasta que les dé la gana. Y que para colmo, muchos safricos se contentaran en preguntar: ¿Para qué mandas tu material a una editorial pública, si estás en contra del gobierno? cuando se supone que, el dinero de la cultura no es algo que nos está regalando el chavismo, sino que viene del cobro legal de nuestros impuestos destinados para tal fin. 

Allí está el caso de la estafa del Premio Internacional de Ensayo Mariano Picón Salas, donde el profesor Arnaldo Valero reclamó el justo derecho de que le paguen lo acordado en las bases estipuladas y salieron muchos colegas con la típica canción de “los intelectuales venezolanos siempre buscan que los traten como privilegiados” argumentando que la verdadera estafa está en que a un escritor se le pueda pagar un premio por escribir mientras la crisis nos come a todos. Porque bueno, qué mal eso de que los humanistas piensen en dinero y se vendan mientras cómodamente ajenos a todo, miran arder París. Que esa roncha que pasamos haciendo investigaciones, estudios y viajes durante todas nuestras vidas para crear ítems culturales, no deben tasarse al mismo nivel de una operación de corazón abierto, un plano de un edificio o con la manutención a un atleta deportivo. Resignarnos en la rabia boba postmarxista de que las "artes no sirven para nada útil” y en que aquellos que no nos comportamos como los más malbañados y románticos de los poetas comunistas, nos tilden de parvada de hipócritas, indolentes y codiciosos. 

El escritor joven desconfía plenamente de las editoriales del Estado, y a raíz de ello terminamos todos -desde cada rincón del país- mandando a la convocatoria de premios locales que favorecen a líneas de estilo que no han cambiado en décadas. 

Los resultados del Premio SACVEN, por ejemplo, causaron malestar no porque los ganadores tengan mayor o menor talento que el resto, porque sean hijos, panas o ahijados de fulanito. No. Son incómodos porque se cimientan exactamente bajo los mismo criterios que viene reinando en la narrativa venezolana desde hace 30 años: La curaduría machista y alfa del relato híbrido de no-ficción, el gastado realismo social, las mismas fórmulas periodísticas, el ensimismamiento argumental y los insoportables monólogos internos que amagan contar algo pero que al final no cuentan nada. 

Es triste, porque discutir libros, revistas, premios o cuestionar, criticar y protestar en la literatura venezolana se vuelve un tira y encoje, un Block y Spam, un mira cómo le doy like a tu comentario hater, y un montón de cuentas anónimas trolleando a escritores random, cuando el panorama editorial ya es lo suficientemente devastador. Es un tabú. “Eso nos desgasta, poeta” me respondió una vez Willy Mckey un día que medio le hice un comentario sobre que estaba pasado de faramallero. 

Y allí va el otro punto: ¿Qué nos desgasta poeta, que ya no nos haya desgastado el país? ¿Hay que seguirse mintiendo? ¿Hay que dejar quieto al que está quieto, callarse, tragarse las palabras y pensar en que hay cosas más importantes ocurriendo que el hecho de quién haya ganado un concurso de poesía? ¿Que no nos preguntemos más a nosotros mismos por qué eso nos molesta? ¿Estamos mirando en perspectiva? Yo creo que no. No estamos viendo claro, por nuestra misma necesidad de ser publicados, por la angustia de hacer un mercado, tomarnos algo o pagar los servicios con los riales que nos imaginamos -por muy pocos que sean- ganar con nuestro trabajo. No estamos viendo claramente porque como dije arriba, estamos realmente muy confundidos. 

Quizás Willy Mckey -autor que en alguna oportunidad conocí diciéndole más o menos estas mismas cosas hace como 5 años- haya memetizado su carrera, puesto su cara hasta en la cuña de la coca-cola, los flips y el chimó el tigrito; pero es su forma de ganarse el pan y eso como cualquiera, creo que merece respeto. También en la escuela me enseñaron a diferenciar entre autor y obra, discernir entre lo que hizo con su carrera un autor y su trabajo artístico, ya que esa era la delgada línea que separaba a los críticos de los criticones. Habrá que acercarnos a su trabajo y ver si este cumple con las características enunciadas en el veredicto y de allí hacer un juicio de valor, pero esa ya es otra historia. 

La cuestión está en que el hecho de que ganara Willy, generó la misma sensación que uno tiene cuando el dueño del negocio deja pasar primero a sus panas coleándose de frente a una fila de cientos y cientos de autores que esperan años para ser publicados. Y allí es donde habla la necesidad por nosotros y nos indignamos. No vemos que como todo negocio, AutoresVenezolanos busca recuperar la inversión. Resultando muy lógico que su nombre esté en la tapa. Porque una cosa es segura, apenas esos libros estén listos, Mckey los va a vender todos. Va ir de feria en feria, de radio en radio, en el bus, en lo carritos por puesto vendiendo la antología, cantando y bailando como el vídeo animado del tuki justin biber y los mentos en el metro. Porque ese es su approach en la literatura venezolana. En el panorama más trágico; Willy Mckey promocionará una muy buena antología literaria donde hay 29 poetas noveles brutales y bueno, él. 

Es duro darse cuenta que no hay otro de nosotros en el medio literario joven que pueda vender un libro o recuperar la inversión que toma hacerlo, sin tener que volverse un meme, meterse a político, posar para las fotos, ser rey del multitasking like James Franco. Que a veces eso pesa más que el talento y la calidad del trabajo. ¿Se imaginan un mundo en donde se pueda publicar sin tener que jodernos, echarnos cuchillo y picarnos en pedazos entre nosotros? ¿Un mundo en donde no exista ese paradigma? Pensar en ello genera el mismo shock que cuando se les explica a las personas que levantarse a las cinco am para agarrar trasporte no es sinónimo de que eres un ciudadano modelo, inteligente y trabajador, sino la prueba de que te convencieron que tener problemas de vialidad estaba bien y era normal. Las humanidades no se escapan de lo que mencionan en ese artículo sobre cómo en Venezuela mostramos con arrogancia cuan orgullosos estamos de nuestra desgracia. 

Nos encanta pregonar eso de tener que sudarla con los libros. De tener que echarle bolas para ser publicado, de decir las cosas golpeado para poner a la gente en su sitio. Creemos que está bien gastar un rialero por presentar y exhibir un librito en Lugar Común o Kalhatos, porque en El Tigre, Coro o San Cristóbal no hay una librería de ese estilo o con el mismo alcance. Nos convencemos de sufrir porque las ferias municipales capitalinas no invierten sus viáticos en escritores reconocidos de la costa o los llanos, cuando en nuestras ciudades nos parece muy normal que de broma exista un hippie vendiendo revistas usadas debajo de un puente. Y nos llenamos de rencor porque una editorial minúscula con sus dos libros al año escoja editar el alt-lit de Natasha Tiniacos y no a la tropa de poetas andinos que han ganado certámenes hasta en Zúrich, pero que en Venezuela solo salen en un fanzine fotocopiado de la FLIA. Es increíble cómo nos seguimos arrechando contra los pocos que llegan a alcanzar algún logro y a su vez nos resignamos a la falta de oportunidades generales. 

Así como los curadores y académicos que viven en Caracas tienen que replantearse esa muestra local mínima a la que arbitrariamente llaman “literatura venezolana” y la manera en la que esta se entrama nacional e internacionalmente en pleno siglo XXI, los demás escritores fuera de ese espectro deben dejar de mirar con recelo y desconfianza a las vacas de los demás esperando a que se mueran. 

Sostengo por mi parte que, hay que buscar otras alternativas viables para la publicación y muestra de los escritores fuera de los premios. Crear espacios de encuentro menos agresivos y competitivos, ampliar las discusiones literarias y académicas, leernos y respetarnos en la diferencia, Ya que esa será la única manera de registrar a una generación, que como uno entre un millón de gritos en medio del desastre, también corre el riesgo de ser silenciada.


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