cultura pop Maily Sequera

¿Qué hay de malo en reírse?

3:38 p. m. Maily Sequera



"A mí siempre me pareció de mal gusto lo de los chistes en los velorios. Sin embargo, en la medida en que he ido estudiando el fenómeno del humor, he entendido que este surge en los momentos de mayor dolor. Y si tratas de aguantar las ganas de reír es peor, porque el humor, mientras más lo reprimes, más fuerza cobra. Eso explica porque hay tanto humor en Venezuela en este momento, porque esto es como si estuviésemos en un gran velorio en el que el muerto es el país." 
 - Laureano Márquez (Entrevista publicada en Últimas Noticias, 06/05/2007)

En los últimos tiempos nos ha pasado algo antes impensable, podemos reír pero se nos hace complicado sostener el buen humor. El tradicional chiste que llena la conversación cotidiana nos causa apenas una sonrisa que se desvanece en una distorsión del gesto. En un país socialmente dividido en un conflicto ideológico, la concepción del humor también nos ha fraccionado en grupos y así, hay quien se decanta con un tipo de humor u otro, por tal exponente de la risa o aquel. Entre nosotros, hay un desconocimiento oscurísimo de lo que provoca la risa ajena. No tenemos ya –para desgracia nuestra- íconos humorísticos que nos unifiquen culturalmente, que marquen nuestra historia contemporánea ni nos caractericen como gentilicio. Esto último, difícil e infructuoso desde nuestros marcados regionalismos que se confunden con patriotismo desde siglos coloniales

Entre muchas otras cosas que fueron desapareciendo progresivamente en la realidad contemporánea de Venezuela, hay que contar los programas humorísticos en TV nacional abierta. Aquellos que sobrevivieron hasta los últimos años, no parecieron gozar del reconocimiento, respeto y gancho público que tuvieron otros míticos shows dedicados a hacernos reír. Recuerdo en mi infancia que programas humorísticos se emitían semanalmente, en horario estelar, en cada uno de los canales de TV abierta venezolana: Radio Rochela, Cheverísimo, Bienvenidos, unos más destacados que otros, pero cada uno dueño de momentos de éxito en los que uno de sus personajes, frases o canciones, motivaban la imitación y adaptación del chiste a la vida cotidiana, convirtiendo el mensaje en un código nacional que nos involucraba en la crítica que pretendía reflejar una realidad colectiva.

Ciertamente influye la aparición del Internet, la TV por cable o satelital y la globalización de las comunicaciones en esta variación de la dinámica de lo que nos hace reír pero el crecimiento expuesto en otros medios no se manifiesta en la televisión venezolana, empobrecida en su producción y contenidos de entretenimiento hasta la vergüenza. Sobre todo porque no se evidencia un estancamiento sino un decrecimiento que raya en la extinción de producciones de calidad y con potencial competitivo, en comparación con el resto de Latinoamérica. El asunto es que mientras más largos, pesados e invasivos se hicieron los brazos del poder político, más sensible se hizo éste al chiste que resaltaba sus defectos y al temor de sincerar un libre reflejo de nosotros mismos en la pantalla. Esta incomodidad no solo ha sido aplacada en la televisión sino en la radio y prensa escrita,  donde los humoristas con chistes difíciles de tragar han sido despedidos de sus espacios por el atrevimiento de denunciar alguna situación de la actualidad nacional. En general, el chiste con el que se despidieron los censurados fue bastante flojo pero aún así los mencionados decidieron hacerlo memorable.


Las excusas con las cuales se auditó a la televisión venezolana para anular parte de su programación resaltaron desde la pacatería y el moralismo, sus antivalores y mensajes de exclusión. Sexismo, homofobia, racismo, clasismo y perversión sexual, fueron señaladas pública y legalmente como conductas a las cuales no debía hacérsele apología dentro de la programación de medios de comunicación. La Coconaza, Margarito, Charlie Mata, Rico McRico, los Jordan, Inesita la Inocentona y El Loco Hugo, eran entonces reflejo de todo aquello que nos hizo reír pero que transmitía mensajes ambiguos y valorados como incorrectos dentro del deber ser del Hombre Nuevo. Curiosamente, luego de la desaparición de todo aquello que constituyó tradición humorística nacional, solo nos quedamos sin la incorrección política. Siguieron apareciendo en nuestras pantallas, con licencia del Estado, mujeres siliconadas, víctimas del prejuicio, usadas como objetos sexuales e instrumentos del cliché. Se continuó con el chiste racista, etnográfico y xenofónico que se burla del negro, el oriental, el llanero y el portugués. La burla clasista al perfil fenotípico y conductual del pobre o el rico, y la reducción de la personalidad del homosexual a una payasada afeminada. Ha quedado la transmisión repetida hasta el hartazgo de viejos programas, aun sabiendo todo el mundo que "chiste repetido no da risa" y menos desde ese humor inofensivo y lavado de todo atrevimiento. No ha quedado espacio en la televisión venezolana para el humor político, la crítica social, económica o cultural planteadas desde la comedia.



El humorista, para sobrevivir y decir lo que tiene para decir, sin abrirse el escote o disfrazarse de homosexual, maracucho o ambos, se ha desplazado  a otros medios, produciéndose espontáneamente desde el  espacio que nos ha dado el internet o haciendo vida en el escenario. Figuras públicas han podido, con fortuna, mudarse al show privado del stand-up. Pero no todos los venezolanos pueden pagar para reírse. Otros autores han producido shows disponibles en vídeo o páginas web enteras dedicadas al humor, un espacio más accesible en tiempos de crisis y que se agradece. Así es como desde la nota de voz hasta el espontáneo meme -que ojalá sumara plata al PIB- tenemos muestras diarias de la rebelde ocurrencia del humor venezolano. Preparado para atacar, defenderse de la infamia y desnudar al emperador, es quizás nuestra arma involuntaria, una garra con la que hemos nacido. No tengo conocimientos profundos sobre la ciencia de la comedia pero es el chiste una construcción compleja que requiere agudeza intelectual, talento para la asociación, sentido de la oportunidad y otras habilidades físicas. Desde el hombre anónimo que nos habla como Chávez en el más allá hasta la Yubraska, existe una revelación de empatía en la que el humorista nos dice –como en un código secreto-: Te  reconozco, te he entendido y no estás solo. Por eso nos gusta reírnos, porque nos permite reconocernos como comunidad.

Lo difícil ahora es saber de se ríe cada quien. Cada individuo ha construido sus nichos de la risa. Espacios a los que se escapa a reírse y donde cultiva una relación con el humorista que mejor le caiga y haya tocado su humor. Es natural. Pero a veces al prestarnos el chiste, el código se tranca. No nos entendemos porque nos hemos fraccionado. Somos un colectivo absolutamente desconectado comunicacionalmente. Es complicado ya, sin espacios comunes, saber si tu novio, tu mamá, tu mejor amigo, se ríen de lo que ha dicho George Harris, Chataing, el profesor Briceño o algún meme anónimo que brilló en sus redes sociales. O mejor, y peor al mismo tiempo, si están viendo cualquier serie americana en la TV y no saben de qué o quiénes estoy hablando ahora.


Y no los juzgo. Bastante tenemos con los jueces del humor que catalogan y pavimentan con lapidarias valoraciones el atrevido gesto de provocar la risa entre paisanos. No solo juzgan desde el poder político, encarnado y enmascarado en quienes aplican la censura y producen contenidos, sino desde aquellos ciudadanos comunes que encuentran imposible la risa en estas circunstancias. Aún en una sociedad entregada al bochinche, no debe asombrar el malhumor de los últimos tiempos. El personaje chistoso, cómico, que pareciera no tomar nada en serio y hacer de todo una broma, generalmente produce rechazo en otros. Es alguien que se percibe como impertinente, imprudente, inmaduro, blando de carácter. En medio de dramáticas y desastrosas circunstancias, la comicidad puede ser la reacción menos apropiada. El otro personaje involucrado, racional, metódico, objetivo, se encontrará no solo desconcertado sino molesto. Probablemente decepcionado, si esperaba encontrar en el otro un reflejo de sus ideas y actitudes. Pero digamos que logramos reunir a un ejército de estos personajes dicharacheros, ocurrentes, bienhumorados y espiritualmente elevados sobre la tragedia. Digamos que podemos verlos floreciendo en todas sus virtudes y ocultando sus defectos. Así nos vemos. Así somos. Nosotros que recelamos de toda identidad, ni nos molestaremos en negarlo. Así se entienden los venezolanos, quienes en medio de la cruenta guerra aún buscan entretenimiento y cordura creando graciosas ocurrencias que los separen del horror y los convoquen en el mismo sentir. Porque, realmente, ¿qué hay de malo en reírse?


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David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

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