David Parra Opinión

Racismo en Venezuela: otro constructo del Poder

12:45 a. m. David Parra




En Venezuela existe el racismo y se manifiesta abiertamente en gran parte de nuestra conducta ciudadana. Suena sentencioso, incómodo y desagradable afirmarlo así, pero cada día que pasa la discriminación por color de piel, nacionalidad, cultura y territorio se hace más evidente. El registro mediático de la segregación es inabarcable y las mechas que se encienden en la viralidad de la web son mucho más que obvias. Intentar soterrar por vergüenza o vanidad algo como el racismo a modo de tabú cultural y enorgullecernos de su ausencia en nuestra región es bastante penoso y preocupante. 

Disfrazarlo con eufemismos, enarbolarlo en las discusiones políticas o académicas, redactar leyes en contra de la discriminación y hacer campañas fantasmas para su prevención, no ha servido para nada. El racismo está presente en nuestro día a día, nos guste o no admitirlo. El contrargumento natural en una conversación casual sobre el tema se cierra con un “Esto es un país de mestizos, tal cosa no se da acá”, siguiéndole una larga explicación categórica sobre por qué otros países sí lo son y nosotros no. Cada vez que intento conversar sobre el tema la mayoría rehúye como si se tratase de algo que hay que sacudirse del cuerpo o pone punto y aparte antes de iniciar la conversación. Sin embargo, prestando atención al discurso cotidiano –propio y ajeno- y analizando la sobrecubierta de nuestra historia país, llego a afirmar que la clase de racismo que se manifiesta en nuestra cultura es un hecho que, más que en la realidad material (la segregación fenotípica constante que liga a la raza con determinada postura social, política, económica, o bélica) se manifiesta en el mundo de las ideas y los estadios de representación. 

Claro que biológicamente somos un país con una densa historia de hibridación racial, donde más del 60% de la población podría identificar sus rasgos con apelativos como mestizos, morenos, mulatos o trigueños y otro gran porcentaje admitirá tener parentesco con algún país extranjero o una etnia indígena. No obstante, también es un hecho la cantidad de estereotipos culturales (subjetivos) que se han generado a lo largo de esa impresionante mezcla. ¿Pero quién guía o institucionaliza dichos estereotipos? ¿Quién escribe la historia de la discriminación? Sin duda, gran parte de la responsabilidad recae en la figura del Poder. 

Contrario a lo que muchos afirman, durante la independencia, la guerra civil y en la primera etapa republicana, se levantaron múltiples consignas raciales para azuzar y justificar las llamas del conflicto. Eran los negros, zambos y mulatos los que engrosaban el ejército español buscando venganza contra los patriotas (blancos criollos) o clamando justicia contra los “Godos” (posterior aristocracia mantuana). Al tiempo se liberó al esclavo con prudencia y recelo. Se le tenía por salvaje, inculto y desordenado. Al negro como violento y al indio como perezoso y parasitario. La xenofobia y miedo al “musiú” desconocido surge cuando Gómez cierra nuestras fronteras durante 27 años y tilda a todos los extranjeros de “ladrones” “estafadores” y “aprovechados”. El éxodo del occidente al centro del país construye bajo el prejuicio contra los andinos, la costumbre de marcar con una muesca en la oreja a todos los “gochos” que llegan a la capital para trabajos pesados y domésticos. Los genocidios indígenas en la selva a manos de mercenarios y latifundistas ocurren bajo el nacionalismo de Pérez Jiménez. La explotación -nueva manera de esclavitud- delimita a la civilización entre la capital y el “interior”, donde lo que no es urbe es “Monte y Culebra”, tierra de nadie, hambre y analfabetismo. La empecinada cruzada puntofijista por la “mejora de la raza” en su caricaturesco blanqueamiento social, abraza al dinero y sus símbolos para “blanquear” la piel, disponiendo en los medios de comunicación masivos los arquetipos de belleza que perduran hasta hoy. 

Y finalmente, la patada a la mesa la da el progresismo radical chavista que, extrae lo peor del resentimiento del siglo XIX, la xenofobia al extranjero de principios del XX, impone las razas primigenias con un marcado nacionalismo, diluye las terminologías, suma patriotismo al color y rasgos, sataniza a la abstracción del “blanco” y ataca, veja y discrimina con peyorativos raciales y etnofóbicos a quien no comparta su posición política. Fungiendo categorías en un menjurje dialectico donde la clase socioeconómica, los rasgos, el rescate del término “identidad” sumados a los ideales de izquierda socialista, son el conjunto obligatorio que conforma ese monstruoso todo llamado “Revolución”.

Es el devenir político el que ha construido la historia de la segregación en Venezuela. Ha utilizado la raza “subjetiva” de acuerdo a sus propósitos, y asociado las ideas a la realidad fenotípica del venezolano. Es la propaganda constante y abrasiva la que enajena a un pueblo heterogéneo a discriminarse entre sí por facciones raciales y manifestaciones culturales. Hace unos días en un documental oficialista se pretendió argumentar que la gran ola migratoria venezolana al exterior durante los primeros quince años del siglo XXI tiene su punto de inicio en un prejuicio donde los “blancos de ojos azules con familia en el extranjero, abandonaban el país por desprecio y poco amor a su patria”. De modo que, La migración no se debe al imposible costo de la vida, la falta de oportunidades laborales, el estrepitoso fracaso del aparato productivo, la crisis político-social y la alarmante tasa de inseguridad (que nos ubica como el país más peligroso del mundo) y más bien, lo que impulsa a los jóvenes a irse de Venezuela, es que al ser “blancos” con ascendencia extranjera, nunca se sintieron parte del territorio. Condenándoles además a ser infelices en el exterior por su propia condición de parias. 

Hace casi 20 días también se dio una situación similar a raíz del nombramiento del nuevo ministro de economía oficialista, Luis Salas. El internet venezolano estalló con la caricaturización del funcionario público por sus facciones y color de piel. Se le calificó con los peores peyorativos discriminatorios sin ningún tapujo. Es impresionante la manera en la que se ataca y condena a un funcionario público, donde sus rasgos y color son asociados directamente con el fracaso, más que sus ideas. 

Preguntémonos: ¿cuántas veces solapamos racismo en nuestro discurso cotidiano? ¿Cuándo convertimos la discriminación en la cínica pantomima a la que denominamos “Chalequeo”? ¿Cuánto de violencia existe en el discurso que critica y parodia a quienes se considera “diferentes”? ¿Cuál es nuestra apreciación cultural sobre nuestros vecinos fronterizos tanto en el mar caribe como al norte y sur de América? ¿Cuánto conocemos de los extranjeros con los que convivimos día a día en las calles de nuestro país? ¿Sentimos prejuicios hacia lo indígena, lo foráneo, lo africano, lo asiático? ¿Nos cuesta coincidir al momento de entender nuestras raíces fenotípicas? ¿Hasta qué punto estamos conscientes de nuestra propia historia migratoria? ¿Qué tipo de inmigrante nos consideramos? ¿Existe una conciencia de cómo se nos percibe en el exterior? 

Creo en la urgente necesidad de evaluarnos, de repensarnos fuera de los marcos simbólicos delimitados por el poder. Intentar vernos de forma sincera y real, sin las categorías impuestas para dividirnos y controlarnos. Si no, es posible que aún con la segunda década del siglo XXI andando, sigamos pintando a los niños de negro para bailar los chimi-chimitos, huyamos por la derecha cada vez que vemos a un guajiro en la calle y creamos que salir de Venezuela a buscar oportunidades de progreso, solo es una apátrida opción de los herederos arios de los Amos del Valle. 


    

   
      

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