Maily Sequera Opinión

Murales para el Comandante: Reproducción de la marca

1:13 p. m. Maily Sequera

Mural por Comando Creativo. Fotografía cortesía de Hoyvenezuela.info

Haré una generalizada apreciación histórica que no hay que tomarse a pecho: Desde que se planteó la pintura mural como un proyecto de obra artística moderna, su realización ha sido encargada por representantes de algún poder para afianzar públicamente los conceptos que sostienen sus estatus. Claramente, no me refiero al grafiti sino al mural estrictamente definido por la academia y, entre ellos, los reconocidos por el público y la masa crítica. Desde mi punto de vista, su naturaleza de obra encargada compromete el origen espontáneo, la sincera inquietud creadora y, en consecuencia, el valor de la misma.  Es decir que gobiernos, religiones, organizaciones comerciales o cualquier grupo establecido teóricamente como tal, tienen -o debería tener, según las libertades civiles y económicas en las que vivan- la posibilidad de encargar o realizar un mural en un espacio público o privado, dependiendo de los intereses de su comunicación. Pero, en el caso de lo público, las limitaciones de expresión cultural han estado definidas por lo que la ideología de Estado establezca como intereses culturales y sociales del colectivo; es decir, de esa figura, que en nuestro caso local es elegantemente excluyente, nombrada pueblo.

Y es curioso, porque el mural, al menos desde el punto de vista del realizador, plantea en su esencia una rebelión contra los formatos, espacios y representaciones que la academia artística impone. Aun así, su legado reconocido ha sido estudiado según técnicas plásticas y temáticas pictóricas, dejando a los historiadores y sociólogos el estudio severo del contexto histórico que pretendió morder el artista. En los casos latinoamericanos, lo que la historia expone es casi aburrido: Una rebelión extraña, consentida por un sistema de poder acogedor que financia y expone la propaganda con la que empatiza.

En Venezuela, Aimee Zambrano es integrante de Comando Creativo, una organización activa desde 2008 y que reúne aproximadamente a 50 personas en diferente colectivos, repartidos en el Distrito Capital, Aragua, Mérida, Falcón y Cojedes. En declaraciones para Hoyvenezuela.info, Zambrano define a Comando Creativo como “propaganda revolucionaria” y revela como objetivo el desarrollo estético “de lo que sería la Revolución Bolivariana. Una estética de chavismo, pero que sea una estética también agradable” Resalta la búsqueda de motivar la consciencia pública y la identificación con la construcción colectiva de la Revolución. 

Bajo el concepto de la comunicación popular no tradicional, Comando Creativo y los grupos paralelos que los acompañan, han producido murales titulados como Siembra socialismoChavista por siempreChávez invicto y Heroínas de América Latina. Son ellos los responsables de parte de la obra pictórica realizada en los espacios urbanos de Caracas y otras ciudades. La organización también desarrolla talleres de instrucción en la pintura mural y afirman que más de ocho mil personas han participado a nivel nacional en los procesos de conformación de estos comandos. Además, en sus redes sociales, ponen a disposición del público esténciles e instrucciones para motivar murales independientes, facilitando la divulgación de mensajes ideológicos dentro de la línea gráfica que ellos han construido.
Plantillas distribuidas digitalmente por Comando Creativo 

Defendidos en justificaciones políticas y anarquía contra la academia, las pretensiones del muralismo pueden resultar ambiciosas. Usar las formas artísticas para la difusión de mensajes políticos, suponiendo la representación de un ideal nacional, es una dura empresa y un absurdo de la sobrevaloración. El producto final solo resulta en un conjunto de obras patrimoniales o una colección de imágenes que ilustrarán textos históricos u, odiosamente, ensayos académicos sobre arte. 

No es discutible el valor técnico y estético de las reconocidas obras del muralismo latinoamericano ni la retroalimentación generada con movimientos paralelos. El debate presentado mientras el Estado ordena y paga la realización de 1000 murales que representen las figuras del expresidente Chávez y el Libertador Simón Bolívar para responder a las acciones de la Asamblea Nacional (1), se desarrolla en torno al valor artístico del mural y, más significativamente, su validez en el sentir colectivo ya que cada mural muta el espacio público donde se coloca e influencia la interacción del ciudadano con sus espacios. Este movimiento tiene un origen anterior, sostenido durante los años que Chávez mantuvo la presidencia e intensificado luego de su fallecimiento para paliar su desaparición y mantenerlo simbólicamente presente, vigilante de la lealtad de sus seguidores y asociados a la oferta política del partido oficial.

Lo que se discute acá no siempre cuestiona la calidad pictórica o ejecución técnica en los murales identificados con la línea ideológica del gobierno. Se critica, en primer lugar, la improvisación dominante en el movimiento. Insistiré entonces en la dinámica creadora y su espontaneidad. Me refiero al caso específico de los mil murales, considerando que no existe el recurso humano capacitado ni la planificación artística ni urbanística para producir ni ubicar coherentemente mil murales que retraten a Chávez y Bolívar en todo el país. Lo anterior lo afirmo simplemente porque dificulto que se haya pensado el proyecto antes de mencionarlo. Por otro lado, su carácter de obra encargada, que no es exclusivo del mural. Reducirlo a una transacción entre autor- gobierno subestimaría, por ejemplo, a escritores con contratos editoriales o músicos de compañías discográficas. Si no fuese porque el producto que generan estos creadores se valida y se sustenta en el uso de su obra por el consumidor interesado, así sería. Pero no es el caso. Nadie estigmatiza que pueda negociarse con el arte pero, en el caso del mural, hay que considerar algo peculiar: El consumo del mensaje está asegurado por medio de la imposición. Funciona así: Los administradores de lo público deciden cuáles serán los mensajes que identificaran los espacios colectivos y lo pagarn con dinero ajeno lo que les gusta a ellos. 

Vivimos entonces, no un genuino florecimiento del arte mural venezolano, sino una imposición de propaganda chavista y la invasión de los espacios públicos en una especie de toma forzada. Pareciera como si, desde sus motivadores, nadie considera los peligros de una acción que podría violentar, excluir y suplantar la opinión pública natural por una producción artificial de mensajes que ficcionan la dinámica urbana.

Fotografía de Leo Ramírez, cortesía de EPNvisión.com
Juzgada como intolerancia ideológica o un reclamo contra la invasión de su espacio, la postura del espectador/usuario inconforme es medianamente libre. Es así como el vandalismo de un mural se convierte en un acto de expresión valido aunque ilegal. Apenas se anunció la noticia de los mil murales, se sumaban en redes sociales amenazas de arruinarlos. Destruir imágenes es una manifestación violenta contra la colonización de la identidad propia, el rechazo a una idea que se rechaza pero es inevitablemente absorbente. De alguna manera, puede ser la guerrilla comunicacional molesta. Potencialmente tan falta de respeto como un vendedor ambulante invasivo y perseguidor. La repetición deriva en popularidad pero - sobre todo si no nos interesa- la saturación genera rechazo.

La organización Transparencia Venezuela, presentó ante la Contraloría General venezolana, una denuncia apoyada en la Ley Contra Corrupción que establece a los “funcionarios y empleados públicos” la prohibición de “destinar el uso de los bienes públicos o los recursos que integran el patrimonio público para favorecer a partidos o proyectos políticos (artículo 13). Violando así los artículos 67 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, junto a los 13 y 70 de la Ley Contra Corrupción, recursos del Estado son destinados sin criterios de transparencia y ni rendición de cuentas para hacer propaganda política”

Lo anterior es corrupto, abusivo e ilegal. Debe detenerse pero no se detendrá. Así como deberían establecerse criterios claros de gestión municipal y detener el uso de fondos públicos para financiar propaganda. No pasará. Las denuncias serán, por ahora y quizás para siempre, un trámite sin consecuencia en la responsabilidad civil de los gobernantes.

Inevitablemente pintoreteados, nos queda abogar por la estética. Como premio de consolación, al menos, la estética. Casi como una súplica que espera que el mural sea coherente en su planteamiento plástico, inspirador gráfica o técnicamente; de alguna manera, para los desinteresados de la revolución bolivariana, decorativo. Pero la realidad de la toma del espacio público con pintura de propaganda es otra. La ejecución es mayormente urgente, poco agraciada y vacía en su planteamiento. Hay sorpresas pero son minúsculas en su gigantografía. Lo que nos acapara es desastroso, innecesario y nos amenaza con mil repeticiones más. En los murales revolucionarios que encuentro camino a mi casa, me presentan una batalla independentistas donde barcos navegan en un mar tempestuoso cuyas aguas se colorean con el tricolor nacional, invadiendo el rojo la mayoría del espacio. Más adelante, un Corazón de la Patria me recuerda que Chávez es el corazón del pueblo. O quizás Maduro, ya no sé. Unas cuadras más adelante, el eterno comandante nos mira con ojos azules junto a un tipo iconográficamente representado como el Ché Guevara pero dudo. Nos atraparon los símbolos de marca y no hay consuelo visual en sus formas. Abusadas otras libertades, algunos esperamos encontrar espacio para la belleza. Pero no. Nada de eso. Todas las invasiones son feas y violentas.

Fotografías por Salomón Hernández, cortesía de Mutachavez.tumblr.com 

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Nota de la autora:
  1. El pasado mes de enero, luego de la instalación de los diputados de la Asamblea Nacional para el periodo 2016-2021, se desató un –llamémoslo- show por el retiro del recinto parlamentario de todas las imágenes del ex mandatario Chávez y el retrato reconstruido de Bolívar. Ordenado por Henry Ramos Allup, actual presidente del nuevo parlamento y representante de la fracción opositora que obtuvo el máximo de representantes en la cámara, la lucha ideológica entre ambos poderes abrió el año con un video viralizado en el cual Allup ordenaba sacar los retratos. Como respuesta, y en defensa de la línea oficial que ejerce funciones en el resto de los poderes públicos, la vicepresidencia decretó la realización de 1000 murales con temática político revolucionaria en todo el país. Su realización, a cargo de los miembros de Juventud PSUV, es consentida y financiada con fondos públicos del Estado.
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Edición:
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Redacción, diseño y diagramación:
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Autores y colaboradores:
David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

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