Crítica Literaria John Kennedy Toole

«La conjura de los Necios» de John Kennedy Toole

9:06 a. m. J. E. González Vargas




“Esta ciudad es famosa por sus jugadores, prostitutas, exhibicionistas, anticristos, alcohólicos, sodomitas, drogadictos, fetichistas, onanistas, pornógrafos, estafadores, mujerzuelas, por la gente que tira basura en la calle, por sus lesbianas… gentes todas que viven en la impunidad mediante sobornos. […] No cometa el error de fastidiarme a .”
La Conjura de los necios
John Kennedy Toole

En 1969, John Kennedy Toole, profesor universitario de literatura de Nueva Orleans, se detuvo a las afueras de Biloxi, Misisipi; metió una manguera de patio en el tubo de escape y otra por la ventanilla de su carro y dejó este mundo a los 32 años, convencido de haber fracasado como novelista. 12 años después su novela La Conjura de los Necios, que su madre septuagenaria encontró en una gaveta y que fue leía por un novelista laureado, ganó el premio Pulitzer y ha pasado a ser considerada como uno de los verdaderos clásicos de la literatura del Siglo XX.

Una figura obesa y hedionda recorre las calles de Nueva Orleans. Sin importar el clima, viste un pesado abrigo, bufanda y gorro de cacería verde. Su cara muestra un bigote grasoso y de vez en cuando eructa. Habla de cómo lo peor que le ocurrió a la humanidad fue el Renacimiento o comenta un viaje en autobús a Baton Rouge que describe cual hundimiento del Titanic. Él, Ignatius J. Reilly, es una extraña mezcla de monje medieval, payaso accidental y hombre-niño contemporáneo que se ve obligado a vivir aventuras más extrañas todavía en sus intentos de ganar dinero y demostrarle a su madre que no es un inútil y puede hacer otras cosas además de escribir interminables diatribas en cuadernos escolares, comer galletas con refresco o gritarle a la televisión.

Ignatius recorre de cabo a rabo la Nueva Orleans de comienzos de los 60 y como Don Quijote, se centra tanto sobre las personas y la sociedad que rodea al personaje. Por ejemplo, la mitad de sus acciones (liderar una huelga racial en una fábrica que acaba por el odio que los obreros afroamericanos le tienen a él, fundar un partido político homosexual para reducir la sobrepoblación) surgen primordialmente para ganarse el afecto de la bohemia neoyorkina Myrna Minkoff, quien a pesar de ser el opuesto a Reilly en todos los sentidos, es igualmente ridícula. Si Reilly encarna el más arbitrario, impráctico y obsesivo estereotipo de los conservadores, Minkoff es la joven progresista que tiene más empeño en poseer prestigio que de verdad hacer un cambio en su sociedad. En una de las cartas que le escribe a Ignatius, por ejemplo, habla del proyecto fallido de una película que rompa barreras sexuales y raciales:

"Pero déjame decirte que la película ha quedado descartada, así si pensabas hacer el papel del terrateniente, olvídalo. Tuvimos, más que nada, problemas de fondos. No pude sacarle ni un dracma más a mi padre, así que Leola, el hallazgo de Harlem, se puso muy pesada con lo del salario (o la falta del mismo) y, por último, hizo uno o dos comentarios que me parecieron antisemitas. ¿De qué sirve una chica que no es lo suficientemente apasionada como para colaborar gratis en una empresa que beneficiaría a su raza?"

Pero la historia no es únicamente sobre Ignatius. Uno de los personajes más memorables es Jones, un joven de raza negra quien es obligado a trabajar bar de mala muerte y que intenta montar una versión striptease de “lo que el viento se llevó”. A Jones le pagan menos del sueldo mínimo y sólo conserva el trabajo para no tener problemas con la policía. A manera de venganza, descubre una forma de sabotaje sutil que consiste en hacer su trabajo de la manera más mediocre posible causándole más inconvenientes a sus empleadores.

También están los Levy, un matrimonio infeliz que se ocultan detrás de su materialismo para no lidiar con sus problemas. El Sr. Levy tiene una fábrica que manufactura pantalones que nunca son del mismo largo y se pasa el año siguiendo el béisbol, el baloncesto y el futbol americano. La Sra. Levy, por su lado, se da sus aires de humanidad ayudando una ancianita que se quiere jubilar pero no la dejan, creyendo que le hacen un favor. La descripción de la casa refleja la habilidad de Toole de hacer ambiente y personaje en una figura única y opuesta a la vez:

“La casa era tan sensualmente confortable como lo es teóricamente el claustro materno. Todos los asientos se hundían varios centímetros al más leve contacto, la gomaespuma y la pelusa se sometían abyectamente la menor presión. Los mechones de la alfombra de nylon acrílico cosquilleaban los tobillos de todo el que no fuese tan amable para caminar sobre ellos. [...] había sillones anatómicos, una mesa de masajes y un tablero de ejercicios cuyas numerosas secciones estimulaban el cuerpo con un movimiento suave e incitante a un tiempo. La Mansión Lecy (eso decía el cartel de la carretera de la costa) era un xanadú de los sentidos. Tras sus paredes acolchadas todo era gratificante. El señor y la señora Levy, que se consideraban mutuamente los únicos objetos no gratificantes de la casa, estaban sentados ante el televisor viendo cómo se fundían los colores de la pantalla.”

Aunque carezca la osadía que tuvo en su momento, gran parte del desorbitante humor sigue bastante presente. Muchos han intentado llevarla al cine, pero han tenido tantos problemas al respecto –la muerte temprana de John Belushi y de Chris Farley parando el proyecto en los 80 y 90, el huracán Katrina destruyendo la ciudad–  que en Hollywood se asegura que el proyecto esta maldito. Sea como sea, sería ya imposible realizar una adaptación fiel sin caer en modernizar el libro o que se haga una película de época y  un ser como Ignatius J. Reilly sólo puede vivir en un presente: Nueva Orleans en un punto indefinido entre la década de los 50 y 60. 

Hoy en día, quien visite la ciudad no verá la misma que su autor inmortalizó para sus personajes, pero encontrará una estatua de Ignatius, por siempre siendo parte de sus calles.

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