Crítica Entrevistas

Claro que no es importante escribir bien (Parte II)

4:52 p. m. Maily Sequera



Nelyinson, Juan David , Odilys y el preocupante triunfo de la informalidad

La vida moderna suele usarse como excusa para justificar algunos cambios y demoliciones en nuestro hablar y nuestra escritura. El ritmo de vida, la tecnología, los acelerados cambios históricos y sociales, definen el proceso. Claro que los venezolanos no somos ajenos pero nuestra actualidad está plagada de desastrosas particularidades. Las condiciones socioeconómicas –y el término se hace breve para abarcar aquello que hoy nos estructura como sociedad - definen nuestros pensamientos y acciones. Hay que remarcar aspectos como la masificación del internet y la popularidad de las redes sociales, pero también debemos sumar la glorificación de bandas violentas dirigidas por delincuentes como grupos de influencia significantes de estatus y poder,  junto a la dinámica de una aguda crisis económica y política que afecta nuestro entorno. En la Venezuela contemporánea, leer y escribir es un lujo de bien educados, un accesorio. Por algunos podría hasta ser visto como un símbolo de chocante superioridad, algo molesto y relegado a la despreciable minoría pudiente que grupos de poder (des)califican como burguesa.  «La pobreza del lenguaje también tiene que ver con la calidad del sistema educativo. Las editoriales cada vez producen menos, el uso moderno del tiempo de ocio. La lectura no es hábito y, para mí, es una gran falla que deteriora la expresión oral y escrita», opina al respecto la profesora Astrid. «Lo que se escribe y lo que se habla es solo una proyección de lo que tenemos adentro».



En este escenario desesperanzador, todos confiamos en el amparo del núcleo más básico: la familia. Pero con relación a los padres, Gómes apunta: «cada vez saben menos o hay menos tiempo. No sé. Pero creo que hay un problema de planificación familiar que le cae a patadas al proceso educativo. La familia no está consciente del daño y el beneficio que puede hacerle a sus chamos». Y evidentemente el problema existe: ¿Cuándo una madre soltera que trabaja horario completo, que es ama de casa y gana poco más de sueldo mínimo, enseña a su hijo a leer? Hoy en día, esta ama de casa también debe resolver asuntos de su vida cotidiana: idear la forma de obtener ganancias extras para cubrir los gastos familiares, hacer algunas colas o turismo por varios comercios hasta lograr comprar productos básicos, resolver si falta la luz, el agua, el gas. ¿Cuándo esta anónima mujer podría revisar una tarea con detenimiento y atención? Y eso en el caso afortunado de que esté preparada para hacerlo. Resolver la cotidianidad consume gran parte del tiempo valioso del venezolano que tiene bajo su responsabilidad la educación de un niño. Igual pasa con el docente que tiene 34 alumnos en un salón de clases, sobrecargado de trabajo y subpagado en una institución que muchas veces no cuenta con la infraestructura, las condiciones sanitarias ni la estructura organizacional para sostenerse. Por lo visto, tampoco con la colaboración del Estado en sus planteamientos para ofrecer educación de calidad. Así y ahí tenemos que educarnos. Por eso es tan preocupante. En nuestro presente y futuro debemos sortear y solucionar un sinfín de dificultades y la educación que recibimos no nos está preparando para ello. En opinión del profesor Piñango, «el estudiante no está aprendiendo a desarrollar ideas. No sabe analizar y mucho menos aplicar el conocimiento que nosotros los docentes estamos impartiéndoles.»


Nelyinson tiene 16 años. Su tía le puso ese nombre porque le gusta Mel Gibson. Como todos los adolescentes, mantiene algunas redes sociales de uso personal. Lo conozco desde niño y hablo con él por Facebook para saludar a su familia. Orgullosamente me comenta que ha pasado «liso» al 4to. año de bachillerato. Sus familiares cercanos no cuentan con títulos profesionales pero al consultarlo me cuenta que su madre se preocupa por ayudarlo «si el trabajo es difícil» o que él resuelve sus tareas «ha beses en interne o en un libro». Ha estudiado desde el 8vo grado en un liceo privado porque sus padres han decidido que la educación pública en su anterior colegio era deficiente y el entorno, peligroso. Nelyinson vive en una familia de clase media baja, en una zona popular al sur de Maracay. Me comenta que sus profesores siempre les corrigen los errores ortográficos pero aun así, responde a mis preguntas con mala ortografía. Me dice que tiene errores pero que generalmente, le parece «más rápido» escribir así. Me comenta que « algunos se molestan» si los corrigen pero que a él le gusta que lo hagan. Nelyinson, me dice, no lee nada por diversión. Tampoco está –por ahora- interesado en la educación universitaria. Le parece prioritario comenzar a producir dinero. Le hablo de algunas profesiones y se ríe absolutamente descreído.

Con el mismo cinismo sutil de Nelyinson a sus 16 años se manejan la mayoría de los venezolanos al enfrentarse a sus deficiencias, errores y desconocimientos. Algunos se molestan, otros hacen burlas, algunos ignoran la corrección y una pequeña fracción toma humildemente la observación. Respecto a la escritura del castellano, al hablar correcto del español, tenemos que mirar a los latinoamericanos antes de señalar a nuestros coterráneos.  Sinceramente, no somos el único país de la región hispanohablante que deforma el idioma, que lo llena de modismos y formas coloquiales. Pero hay una marcada diferencia de conducta: el argentino, el mexicano, el chileno, saben cuándo pueden  relajar la forma del lenguaje e ir ligeros al uso de sus formas locales. Eso no es reprochable; es por el contrario, divino. Nosotros, no. Cualquiera tiene una anécdota personal donde las formas de expresión de su interlocutor le parecieron irrespetuosas, inapropiadas, excesivas, quizás hasta demenciales. Carecemos de esa conciencia y, más peligrosamente, carecemos de opciones en nuestro vocabulario para elaborar diferentes discursos. Ambas carencias se hacen cada vez más notorias. Hablar relajado y caer en vulgaridades es parte de nuestra idiosincrasia local, remarcada hasta lo burlesco por nuestros líderes («Marisabel, esta noche te doy lo tuyo»), nuestros medios de comunicación, y tratada con liviandad o consentimiento por los miembros adultos de las familias y los educadores venezolanos. Nadie toma como suya la responsabilidad de ser garantes del buen uso del idioma, al menos de su aprendizaje y conocimiento consciente. Las formas coloquiales, aunque a veces luzcan fuera de lugar, son nuestro menor problema. En las redes sociales, la exposición del verbo de una parte  representativa de los venezolanos denota una falta lamentable: Tanto jóvenes como adultos escribimos fatal y nos comunicamos peor.  No solo cometemos errores ortográficos, morfológicos y sintácticos, sino que no sabemos interpretar lo que estamos leyendo. Ahora mismo, si usted visita la red social de algún medio latinoamericano, como CNN en Español, notará que una porción importante de los comentarios escritos por nuestra gente están penosamente planteados y escritos. Lamentablemente, se puede generalizar: las intervenciones escritas por buena parte de los venezolanos en comunicaciones públicas y redes sociales son una vergüenza hemisférica.



Aun así, ¿saben qué? No nos importa. ¿Por qué nos tendría que importar? Dentro de nuestros límites, la vida transcurre en ese orden. Nadie se ha muerto por eso. «No hay, no existe interés por la lectura, ni mucho menos por la escritura,  son pocos los estudiantes que sienten este interés. La mayoría de los  estudiantes llegan a la educación media con muchas deficiencias, no saben ni escribir su nombre»,  agregaría Salazar; pero acá, no es importante escribir bien. Tener consciencia de que escribimos mal no nos limitará tampoco para expresar nuestras opiniones sobre cualquier tema, para involucrarnos en cualquier discusión, para meternos donde nadie nos llamó. Así somos. Gomes agrega que «sabemos mucho o decimos saberlo pero no tenemos las herramientas para expresarlo». Villavicencio lo explica figurativamente, identifica al venezolano como apasionado y descuidado. «Es como tener una caraota en el diente. Escribir mal es así pero aún con la caraota, te expresas sin rubor y no pasa nada.»

Odilys tiene 13 años y cursa el 8vo. Grado de educación básica. Tiene Facebook, creo que Instagram. Sube a su red social fotos de Maluma, citas de las canciones románticas que le gustan, fotos con sus amigas y de sus actividades extracurriculares. Es muy inteligente y le gusta expresar sus opiniones y pensamientos. Algunas de sus ideas lograr realmente distinguirse del pensamiento común de alguien de su edad. Aun así, Odilys escribe con mala ortografía. Facebook me permite observar que su madre también comete errores ortográficos y de redacción con lamentable frecuencia.  Por otro lado, su tía, más cuidada en estos aspectos, algunos fines de semana la ayuda con sus deberes escolares. «Odi tiene mala ortografía. Creo que los profesores no se están enfocando en eso y en su casa no tiene mucho refuerzo, solo lo que pueda consultar por Google. No tiene hábito de lectura y creo que tópicos fuertes como política, economía y sociales, no los comprende muy bien». Su tía rebela su preocupación ya que al escribir recorta las palabras, escribe doblemente las vocales y usa modismos como escribir «k» para expresar «que». Dice que usa estas formas normalmente para escribir. «Yo le corregí el otro día y me dijo: Ay tía, yo sé, pero es que así se escribe ahora». Esto último lo cuenta con algo de vergüenza, como quien duda de su conocimiento y convicción. Espera mi respuesta y juicio sobre la validez del uso de la k. Me dice que siente que siente que no está en nada. « Yo, de pana, ¿too old o qué?». Nadie se salva ni por descuido.


Evidentemente, escribo desde la preocupación y abogo por –al menos- el conocimiento de las normas ortográficas y la riqueza del vocabulario. En esa misma idea, me parece que poder analizar, comprender,  redactar ideas y expresarlas de forma oral sin dificultad, es importante y mejora significativamente nuestra vida. Me altera y entristece que un alumno a punto de titularse como profesional, no se tome el trabajo de colocar las tildes que lleva su nombre o apellido, no escriba con mayúscula inicial los nombres propios, no sepa usar comas, puntos, signos de exclamación y que su nivel de análisis, de redacción, su conocimiento del idioma, sea tan superficial y flojo.  Aun así, caer en sermones pasivos es inútil. Estudiando las profundidades del asunto, podría apoyar la multiplicidad de la que habla la profesora Gómez. Escribir bien no es para todos y hay que mantener la mente abierta a las capacidades y habilidades de cada quien. Aun así, recalca, deberíamos apostar académicamente a la excelente.  Insiste en que solo basta mirarnos como sociedad para evidenciar que hay quien sobrevive siendo analfabeta, y agrega que lo importante en medio del ambiente hostil es sobrevivir. Villavicencio elabora una hipótesis más agresiva: «Para sobrevivir hay que hablar mal. Así intimidas».




Juan David es mi ahijado y mi primo. No sabe leer ni escribir. Sus padres, adolescentes cuando lo trajeron al mundo, se acostumbraron cómodamente al cuidado que le dieron los adultos de la familia. Juan actualmente está estudiando 4to. Grado de educación básica y no ha repetido ningún nivel. Estudios profesionales nos dicen que su nivel intelectual está nivelado con el de un niño de 3er. Nivel de educación inicial pero las maestras simplemente lo aprueban haciendo la advertencia a sus representantes de que deben «nivelarlo» en vacaciones. Nivelarlo no es sencillo. Juan tiene problemas de aprendizaje y de conducta diagnosticados pero tratados intermitentemente. Lo adecuado sería que recibiera educación especial pero es una atención que no encaja en el presupuesto familiar. Sus abuelos, quienes figuran como sus padres, intentan con dificultad mantenerlo dentro del sistema educativo por motivos ambiguamente nobles. Su maestra anterior, se tomó la tarea personal y ad honoris de asignarle ejercicios adecuados a su nivel de conocimiento y seguir su progreso. Su entendimiento es normal pero su pensamiento es desordenado. Ante la presión que significa el aprendizaje o la comunicación tradicional, se enfrenta a la desesperación y a estados de ansiedad. Pero hablando de multiplicidad, Juan tiene otras habilidades: disciplina para las artes marciales y buen oído musical. En mi familia, poblada de personas dedicadas a la docencia, nadie ha podido atenderlo eficazmente y el problema solo se agudiza: Juan comienza a evitar ir a la escuela porque no comprende lo que ocurre allí. Su abuela, maestra de 3º nivel de Preescolar, por comodidad o desesperación, alguna vez comentó: «Y qué importa si Juan no lee ni escribe. Raulito no lee ni escribe. Y así vive».



«Un país empobrecido donde cada día se palpan con mayor acento la frustración, las precariedades de la supervivencia y la tendencia a la violencia, le corresponde un lenguaje pobre, vulgar y violento. Es parte del daño antropológico». [1]


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[1] Miriam Celaya (La Habana, Cuba. 1959) Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana, se dedicó inicialmente a las investigaciones arqueológicas y de antropología sociocultural, y fundamentalmente al estudio del arte alfarero taíno. Trabajó durante poco más de 20 años en el departamento de arqueología del Instituto de Antropología de la Academia de Ciencias de Cuba (autodenominada por ella como un delirio) Ha sido profesora de literatura y lengua española, de cultura taína y de arte precolombino cubano. Desde finales de 2004, ejerce como “periodista espontánea”. En este oficio, comienza como parte del consejo de redacción y colaboradora habitual de la primera revista digital independiente realizada y administrada desde Cuba (Consenso). Su sitio web, desdecuba.com, fue la cuna de la también primera plataforma-blog libre dentro de la Isla, creada por Yoani Sánchez en 2007. En su bitácora personal, Sin EVAsión, escribió bajo el seudónimo de Eva González, revelando su identidad un año después. Ha colaborado con varias publicaciones y espacios digitales, además de los ya mencionados: revista Voces, revista Convivencia, Diario de Cuba, Cubanet y Penúltimos Días. Ganadora del Premio de Periodismo Digital del concurso blogger independiente “Una Isla Virtual” (2009), Mención en el Sexto Concurso de Ensayo Caminos de la Libertad, de la Fundación Salinas (México, 2011) y coautora y coeditora del libro “Cuba in focus” (Editorial Clío, 2013) Actualmente, continúa escribiendo para varias páginas y conserva su bitácora web mientras adelanta proyectos editoriales independiente. 

[2] Juan Alejandro Piñango. Docente en educación básica y superior con 13 años de experiencia. Actualmente está residenciado en Caracas. Labora en la Unidad Educativa Colegio El Placer y en la Escuela de Enfermería de la UC, en las material de Inglés (en todos los grados de educación media general) e Inglés Instrumental II, en la UCV. 

[3] Astrid Salazar. Docente con diez años de experiencia, escritora y promotora cultural residenciada en Maracay, estado Aragua. Actualmente ejerce como Docente en educación media general en el área de Castellano y Literatura. 

[4] Yldemaro Villavicencio. Hoy día trabaja para la institución privada Madre Casilda (Punto Fijo, estado Falcón) con cuatro años de experiencia total en niveles de media y diversificada en el área de ciencias sociales (Historia de Venezuela, Historia Universal, Geografía General, Geografía de Venezuela, Geografía Económica, Ciencias de la Tierra, Psicología, Educación Artística, Cátedra Bolivariana e Instrucción Premilitar) Ha trabajado para la educación superior en la UNEFA , específicamente para el departamento de cultura, en la cátedra de Historia Oral.

[5] Katherine Gómes. Docente con cuatro años de experiencia en 6to. grado de educación básica en la institución pública. U. E. Enrique Barrios Sánchez (Naguanagua, estado Carabobo)

[6] Liso: En el hablar coloquial venezolano, hace referencia a pasar sin inconvenientes por algún obstáculo o proceso complicado. Supone la salvaguarda y éxito de quien sorteó el evento. Como se lee en el texto, cuando un estudiante expresa que «pasó liso», significa que ha avanzado al próximo nivel de su educación sin materias aplazadas, puesto que el sistema nacional de educación venezolana permite que el alumno presente varios exámenes recuperativos para aprobar las materias en deuda y (¡hasta!) que avance al próximo grados con materias pendientes por aprobar.

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