Crítica Crónica

Un hogar olvidado en la ciudad sagrada: Las ruinas de la Casa de la Poesía en Coro

6:34 a. m. NESTOR MENDOZA

Yo decía pues que mi ciudad no era la
de la escuela: esa era una ciudad de la
que yo no quiero acordarme. A mí vuelve
la otra, la de mi casa. La que la gente
vacía por semana santa. Entonces yo
voy y me apropio de sus calles. Cierta-
mente son mías las calles solitarias de
 la ciudad sagrada.

La soledad es ella. Rafael José Álvarez (1)





I

Es tarde para un viaje largo pero aun así nos arriesgamos. Geraudí me acompaña al final del transporte. Desde Valencia hasta Coro. Ha llovido y me sorprende ver luces o montes en llamas focalizadas. No estoy seguro. Parecen brotes de fuego, pequeños pero reconocibles. Miro constantemente por la ventana. Las maletas van atrás. Geraudí refuerza la preocupación. Gente que sube, gente que baja. Con tanta gente que sube y que baja, que introduce y saca maletas, la ansiedad crece. Noche doblemente oscura por la ausencia total de alumbrado. Dos murallas de matorrales, a la izquierda y a la derecha. Muro verde de día, muro negro de noche. Noche doblemente peligrosa. Huecos de día y abismos de noche. Tucacas, Yaracal, pueblos que se suceden.

Ya estamos en Coro, a unos cinco minutos del terminal y luego de cinco horas de trayecto pavimentado. El colector nos ayuda a bajar las dos maletas y el conductor grita que nos apresuremos. Diez y cuarto de la noche. Judith y Chela nos esperan en la avenida, a pocos metros del conjunto residencial (dos mujeres solas en una noche venezolana, tan saturada de cifras delictivas, de trayectoria de balas). Nos reciben con la mayor abundancia que tienen en su corta y complicada estadía falconiana: amistad y alegría.

Instalados en el apartamento recordamos anécdotas de lado y lado. Noche de conversación, cena hecha en casa y sonido de lagartijas debajo de los cuadros. Geraudí y Judith no se veían desde hacía cuatro años, desde aquella jornada teatral, de un mes, en Santiago de Compostela. Dormimos con tranquilidad y logramos reponernos del viaje nocturno.



II

Nueve de la mañana. Me asombra la creatividad vegetariana de Chela, quien siempre da una vuelta de tuerca a la modestia de los ingredientes. En la mesa nos congregamos los cuatro; también están los bollitos, los huevos con calabacín, la salsa de tomate, el café (privilegio de estos tiempos) y el agua de avena.  

Hacia la Vela de Coro. Llevamos traje de baño debajo de la ropa. Carretera despejada. Este momento apacible se va agotando, se derrama, lo machacan. Pero no pienso en eso, al menos en este instante que se fortalece con la brisa y la risa de Chela (bromeamos con un local comercial con su nombre).

El museo veleño está admirablemente cuidado y agradecemos la gentileza de su cuidador. Algunas de nuestras fotos captan a los “Locos de la Vela”. Las notas que acompañan a los objetos y estatuas son un buen complemento, que nos dan una bienvenida a las costumbres de la región.

Las aguas veleñas son quietas, si se compara con las enérgicas olas de Choroní. Hay muchos niños y adolescentes que entran al agua. La brisa es fortísima. Por turnos y para que nadie permanezca solo en la orilla, entramos a la playa de dos en dos. Agua fría. Cerveza Zulia a cincuenta bolívares. Queremos almorzar en algún negocio cercano, pero el desgano de un mesero y el costo de los platos nos niegan esa posibilidad. Es domingo por la tarde y casi todo el centro de Coro está cerrado. Vamos al cajero automático. Llueve, cosa más bien extraña en estas épocas y en estas tierras. 



III

Una casa no siempre es una casa. Puede ser un hogar, por ejemplo, añejado con el correteo de los niños y la mecedora de la abuela. Una casa no siempre es una casa: puede ser una estructura solamente, habitada, es cierto, pero no apta para el afecto.

Siempre me ha llamado la atención aquellos recintos culturales que se hacen llamar “Casas”: “Casa de la Cultura”, “Casa de la Poesía”, “Casa del Artesano”, y así sucesivamente. En muchas de ellas, el trabajo es muy loable, pues es sabido que en las partidas presupuestarias el sector cultural es la Cenicienta, no siempre es prioridad. La cultura no es (no debe ser) un depósito de burocracia.

Ya sabíamos de la existencia de la Casa de la Poesía “Rafael José Álvarez”, admirado poeta coriano, a quien conozco por algunas publicaciones en la revista Poesía y, especialmente, por su libro Trina y otras memorias.

Caminata por el centro en busca de la Casa. Pregunto la dirección y recibo orientaciones cordiales pero algunas de ellas erráticas. Calles y más calles. Voluntariamente nos extraviamos en el casco histórico de la ciudad, “Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco”. La amistad va a nuestro lado, nunca atrás o adelante.

Buscando la Casa de la Poesía encontramos, sin proponérnoslo, la casa natal de Elías David Curiel. Es una casona colonial con una placa que especifica que allí vivió el poeta sefardita. Está cerrada, no sé si se utiliza como museo o espacio cultural o simplemente está indefinidamente clausurada.

Hemos llegado, tras varias consultas y calles.

Golpe a los ojos: casa de dos pisos y de un azul desteñido de intemperie y negligencia, con una consigna en spray, de grafía ilegible. Ésta no es la casa del poeta Álvarez, ésta no es. O no debería ser. Pero sí es, el propio poeta quizá ya lo había anunciado: “En las vecindades húmedas/ hemos sentido la clausura”.





Por fuera, hay zonas carcomidas en la fachada y en el ventanal. Una gran uña de bestia despojó la piel, la epidermis asoleada. En la puerta de madera hay un par de hojas de cuaderno con la oferta de talleres. Desde adentro, la inmovilidad de ciertos objetos indica que no se han movido en meses. Tienen ese aspecto petrificado que da la quietud permanente. Hace falta mano y limpieza. Nos miramos y cada uno intenta encontrar los sinónimos de la palabra “abandono”. Una mesa vieja sin nadie, dos sillas de madera y dos de plástico. Más adentro, un entrepatio con algunas plantas (monte creciente) y árboles con visible descuido. Empaques de chucherías en algunas zonas. Justo al centro, un busto del poeta y un nido en la base. Esta casa está lejos de parecerse al bien cuidado Museo de Arte Coro, espacio pulcro, con exhibiciones constantes y curaduría palpable.

Esta no es la casa y este busto no es el poeta Álvarez, repito en silencio. No es la casa del poeta, ensayista y cronista de Oikos, Consagraciones y Trato con duendes. Y pensar que todo en Álvarez fue calor de patio, de pasillos y recuerdos de habitaciones y vivencias familiares. Celebración de lo mínimo, del calor fraternal y el paso ceremonial de los objetos, emociones y retratos: “Con esta lluvia ese licor me apresta/a seguir su hospedaje en las maderas”.  

Geraudí, Chela y Judith avanzan y yo me quedo algo rezagado, tomo otras fotos y espero que alguien nos intercepte y pregunte por nuestra irrupción. Ese momento no llega o se pospone. Es mejor seguir avanzado.

Una biblioteca con vidrios grandes deja ver a tres personas (una muchacha, una señora y un señor joven). La señora nos grita desde adentro: “¿Vienen al taller de…?”. Geraudí se adelanta y dice que no, jocosamente dice que somos “poetas”. Avanzamos.

Afiches de las primeras ediciones de la Bienal de Literatura “Elías David Curiel” remiten a tiempos más favorables. Pendones de Laura Antillano, Lydda Franco Farías y José Balza, páginas de prensa nacional y regional enmarcadas. Me detengo en estas imágenes: esta fue una verdadera casa (un hogar) y Rafael José Álvarez seguramente estuvo satisfecho. Seguimos.

Dos muñecas artesanales, de tamaño real. Están sentadas esperando no sé qué momento de gloria o atención. Una de ellas tiene entre sus manos un envase plástico de agua. ¿Gesto folclórico o desidia?
Accedemos a la biblioteca y entre todos esbozamos una sonrisa entusiasta porque lleva el nombre de la poeta Lydda Franco Farías (2):

me asfixio
ante la inminencia de la muerte
extiendo mi alegría animal
ni eros resplandeciente
que nunca se rindió a los designios de la censura

Un gran ventilador pelea con el calor agazapado del pequeño espacio. Geraudí se para frente a las aspas para robar más aire. Pregunto quién es el responsable de la Casa. El caballero dice que está en algún lugar, que pronto aparecerá. Se presiente un pasado acogedor, de antiguas celebraciones. Esperamos un rato y luego salimos de la biblioteca para seguir observando.





En la parte baja de una pared, tres hileras de fotos enmarcadas. Sospechamos un tiempo benigno en que ellas, seguramente, eran exhibidas con orgullo en una galería de poetas visitantes a la Bienal. Ahora los retratos están en una altura indigna, indignada, a ras de suelo. Ojalá que la lluvia no manche estos rostros.

Aparece una mujer con camisa de funcionario público. En su espalda hay letras blancas bordadas (alguna consigna ministerial) bajo un fondo rojizo. Es la responsable. Espero que nos hable del lugar, que nos pregunte quiénes somos y de qué ciudad hemos venido. Se levanta y camina entre nosotros, esquivándonos, en zigzag. No cruzamos palabras, así de rápido ha desaparecido. La amabilidad no llegó o no la vimos.

Esta casa es, visiblemente, de mayor tamaño que la Casa de las Letras Andrés Bello. Tiene la estructura que podría hacer posible una gran espacio cultural para la ciudad y, por qué no, para el país. Por ahora, es una muestra de lo que ahora existe: un país de pocos metros, administrado con indolencia.

Esta no es la casa de Rafael José Álvarez, quien dice, nuevamente, en algún poema: “Nadie escucha sus manos de marfil/sobre la escoba/ ni su ruido de dormir junto a los grumos del almuerzo/ del jueves. Nadie”.

Abandonamos las instalaciones y, ya desde el frente de la acera, me despido. El retorno al apartamento se hace lento. Algo se apagó. Nos alejamos y cada quien masculla frases sobre lo sucedido.  La poesía (nosotros, la cultura, el territorio que habitamos) merece un mejor lugar, un hogar.



______________________________
(1) Rafael José Álvarez. "Antología poética" (2007). El perro y la rana.
(2) Lydda Franco Farías. “Descalabro en obertura mientras ejercito mi coartada” (1994) Colección El Lago de Maracaibo. Consejo Nacional de la Cultura Universidad del Zulia.


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2 comentarios

  1. La casa de la poesía siempre me ha recibido de buena gana cuando la visito pero eso no diluye el panorama apático que la inunda, la desolación, las ganas de no estar ni ser. Nunca he comprendido la dinámica de la Casa de la poesía en Coro. Desconozco quién es el director y por qué no se ha encargado de plantear un proyecto que involucre a restauradores, artistas plásticos, académicos y escritores serios para rescatar este lugar que, bien como se menciona en el artículo, podría ser una casa cultural, biblioteca, galería y café. Lo que sí sé es que allí habitan muchos rumores, algunos como: funcionaba un bar y lo cerraron porque los borrachos dañaban las obras, ha sido hotel de poetas y artistas maleteados o vagos, César Seco en paño saludando a los visitantes desde una terraza, César Seco en interiolitos abriendo la puerta, César Seco inquilino; de verdad uno no puede evitar reír cuando imagina tan patética imagen. Tal vez sólo se acostumbraron a repetir su nombre cuando de algo malo sobre la Casa se trataba. Sin embargo, a pesar de la risa amarga que nos provocamos para evitar llorar sobre el asunto, no es justo tomar con tanto irrespeto una parte de la herencia cultural falconiana.

    Supongamos que, La Casa de la Poesía se convirtió en lugar de reunión para la bohemia, por excelencia. Ello no es una excusa para que esté cayéndose con la misma gente gris de siempre adentro. Esas personas, ni los "poetas consagrados", no son dueños del lugar. Se trata de un espacio común, que quede claro. Como académico nunca he pensado en cómo, por mencionar el ejemplo más cercano a mi realidad, funcionaría la Cátedra Libre de Literatura Agustín García de la Universidad Nacional Francisco de Miranda allí (o funcionó, asumiendo que algún momento, hecho que desconozco, se llevó a cabo en la Casa). Nunca he imaginado la Casa de la Poesía como centro cultural, como editorial, como espacio educativo. Ese es el problema, no proyectar por concluir que, pertenece a quien la habita (por temporadas), que está perdida, que se la comieron los mismos poetas, a quienes no quiero acercarme. Señores, La Casa de la Poesía no es un motel, ni lugar sagrado para alcanzar epifanías, ni área de camping en woodstock. Lamento decepcionarles.

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  2. Comparto tu sentir, Daniela. Fue una gran decepción, pues íbamos con gran entusiasmo y expectativas. Deprimente todo lo que observamos. Es una verdadera lástima que un espacio descienda a esos niveles de maltrato institucional. Esa Casa podría tener todo el potencial de un complejo cultural, una buena biblioteca, un café (y no bar), en fin, un espacio digno para el arte de una ciudad. Esta casa no es propiedad de burócratas o poetas (burócratas poetas ). Allí radica parte del problema.

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Edición:
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Autores y colaboradores:
David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

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