Crítica Literaria Víctor Manuel Pinto

El Responsable: Anatomía y locomoción de un tallerista literario

11:57 a. m. Victor Manuel Pinto



El concepto del taller de poesía siempre ha sido difícil de explicar con precisión, sobre todo, porque la naturaleza del taller no se sostiene sobre una metodología exacta de enseñanza, sino que se subordina constantemente a una especie de mutabilidad que le es propia, con la cual, logra autodefinirse, establecer y cambiar constantemente sus temas, funciones y objetivos. Es decir, esa imposibilidad de definición concreta que le es inmanente debido a su arbitraria variabilidad, hace del taller de poesía algo libre; una especie de actividad social recreativa y dominguera para el disfrute del sacrosanto arte de la literatura.

Sin embargo, la libertad del taller lo supedita automáticamente a los caprichos bastardos del positivismo académico, a la pose y al gusto, juicios y prejuicios, de quien posea suficientes avales y credenciales para impartirlo, o lo que es igual, ser su responsable. Esto ha hecho que el taller sea mal mirado por la juventud valentonada, y se le considere únicamente como un espacio para la recepción pasiva de información, la revisión severa y burlesca, o la valoración positiva o negativa de la producción literaria del grupo que lo conforma.

No obstante, a la figura del taller, aunque borrosa, aún le quedan cartuchos en la correa. En Venezuela existen talleres literarios de saludable nombradía, otros nacen y mueren sin dejar más rastro que el del café compartido al final de una reunión. En líneas generales, cualquier persona medianamente reconocida como autoridad en el campo, y bajo el auspicio de alguna institución cultural pública o privada, puede libremente convocar y reunir de manera puntal, estipulando previamente presupuesto, lugar, fecha y hora, a un grupo de inocentes interesados en compartir de manera grupal inquietudes, experiencias y lecturas que posibiliten y aviven la discusión, el debate y la reflexión en torno a la creación poética.

La conformación tradicional del taller literario depende de un responsable o instructor, y de un grupo de participantes o talleristas. Es a partir de estas dos figuras que le son constantes a esa convergencia de naturalezas, personalidades y egos reunidos en torno a la escritura - en este caso de poesía - , que podemos aproximarnos un poco al sospechoso fenómeno del taller, y sugerir, gracias a su aparente imposibilidad de definición, ideas de trabajo que se amparen en la solidaridad y el sentido común, tan ausentes de nuestras vidas civilizadas y ciudadanas.

Concentrémonos un poco en la figura del responsable, asumiendo que éste al igual que su grupo, su taller, también se dedica a la escritura de poesía, estableciendo esta hipótesis como regla y principio fundamental para el taller. Recordamos a Eliot y a los seguidores de la Nueva crítica, al asentar a guisa de paráfrasis que un taller de escritura de poesía, debe estar bajo la responsabilidad de un poeta; bueno o malo, eso poco importa, pues el trabajo del responsable debe distanciarse de su personalidad literaria; bajar del pedestal en el que siempre se sueña a sí mismo e imagina; su tarea es la de guiar la reunión, estimular el intercambio y mimetizarse con el grupo. El trabajo comienza en y con él.

Distinto a lo que muchas veces se asume, el taller de poesía, en principio, es para su instructor. La fuerza del grupo, su pluralidad, confusión, precariedad, riqueza, lingüística, la oferta de sus estereotipos, el bombardeo de sus complejos, críticas, excusas, y todo lo que puede ofrecer un grupo heterogéneo de curiosos, desocupados y buscadores, son la mayor y mejor ayuda que el responsable de un taller de poesía puede recibir. Su responsabilidad radica en la conciencia de su trabajo en la reunión, donde tiene la oportunidad abierta de hacer un esfuerzo para apartarse de su superficialidad más inmediata sin reacción, o lo que es igual, tratar de aminorar conscientemente la proyección de sus gustos, creencias, posturas, y deseos.




Este tratar podría permitirle abrirse a la posibilidad de una mirada desprejuiciada tanto de sí mismo como del participante, lo que evitaría de entrada el peligroso juego de la valoración precoz y ansiosa, que le es inocentemente inherente al tallerista, ya que por lo general, quien asiste a un taller de poesía, busca -  siente que necesita - la valoración o confrontación inmediata de lo hecho, de lo escrito. Y es el señalamiento de esa ansiedad, de esa necesidad compulsiva por la aprobación o el rechazo, lo que en primer lugar el responsable puede revelar al participante como su mayor obstáculo, y simultáneamente, su constante oportunidad. La antigua premisa escrita en Delfos aún goza de enorme vigencia, el conocimiento de sí mismo comienza con el ejercicio de la observación que sólo es posible a través de la atención que deriva de un esfuerzo voluntario, movimiento casi extraño, dentro de nuestra pasiva habitualidad diaria.   

Colaborar a través del conocimiento del grupo y desmitificar conceptos, rutinas, diseños e ideaciones que ya se han cristalizado en la mente como certezas o falsedades debido a la educación y cultura de los talleristas. Colaborar a través de la exposición abierta de sus propios hallazgos, de sus limitaciones y contingencias durante todo el circuito creativo, compartir su tan resguardada vulnerabilidad. Colaborar atizando la duda, avivando la sospecha de todo lo que el tallerista ya ha dado o tiene por seguro. Colaborar derribando la comodidad con inteligencia, tanto la suya como la del tallerista. Colaborar escuchando. Colaborar provocando. Colaborar, ese debe ser el trabajo del responsable en el taller. Mantener la disposición desinteresada hacia ese movimiento solidario con el tallerista, es el taller del responsable.

Podría este parecer un ejercicio baladí, una visión caritativa, ingenua y desesperanzada por demás, para el beneficio del grupo; sin embargo, si observamos – resaltemos ese observar –  el automatismo con el que ejecutamos y representamos la ficción de lo que creemos ser ante los demás, si observamos y elevamos esa teatralidad personal y su crecimiento exponencial en torno al taller, el panorama se matiza inmediatamente de lo piadoso a lo ridículo, y la reunión sólo es y será un ejercicio de comunicación totalmente estéril, una exhibición de egos macheteándose.

Ya sea siguiendo la metodología del coaching que hoy día refina el espíritu de los ejecutivos sensibles, ya sea valiéndose de una mutación escritural de la terapia Gestalt para la catarsis, ya sea que se convierta nuestro responsable en un funambulista que pise una línea tangente y sombría de la clase magistral universitaria rayando en el monólogo; el instructor del taller, bajo la metodología que elija, debe colaborar, guiar y dejarse guiar por el pulso del grupo. Muchas son las selvas oscuras donde nuestro querido y odiado responsable puede perderse, y total es el derecho del tallerista para rescatarlo, sea increpándolo, retándolo, exponiéndolo, perdonándolo.


También sería necesario para el taller y nuestro responsable elevar a una pantalla de mayor definición el significado concreto de diversos métodos de reflexión filosófica para esclarecer y aprovechar la instrumentación que ofrecen para la argumentación y refutación de puntos de vista. Realizar ese estudio de forma grupal podría dinamizar a través del intercambio y la pregunta in situ una comprensión significativa, individual y colectiva de dichos métodos, que por lo general se asumen con una gratuidad espantosa. En lugar de intuir, pretender, o dar por sentado que se sigue un método, lo mejor es construirlo colectivamente, aun cuando se pierdan los asideros teóricos. Qué cosa más saludable para nuestro responsable que perder los asideros de su seguridad, y abrirse con la ayuda del grupo a lo que no conoce ni comprende. Aceptar que su saber no es más que una acumulación inútil de datos fútiles sostenidos a la fuerza por la fragilidad de su efimeritud.

Un grupo, un taller, puede funcionar como una unidad orgánica hacia una meta común, establecida colectivamente, o puede ser solo un semillero donde al final destacan algunas individualidades talentosas. El responsable debe trabajar cuidadosamente cuando la envidia y la rivalidad se presentan en el grupo. Debe exorcizar de manera indirecta, es decir, exorcizarse a sí mismo, exponer su humanidad, su bajeza, su torpeza, su criminalidad divina, con la esperanza de ayudar al otro a disminuir los venenos que le carcomen. Vigilar la apatía y la inercia de los desencantados que esperan recibir lo que imaginan de un taller, lo que quieren escuchar, lo que creen que necesita saber, es parte de la colaboración de nuestro responsable que gozará en estas circunstancias especiales de mayores oportunidades para generar provecho, tanto para sí mismo como para el grupo de participantes, ya sean los estimulados o desencantados. 

Como podemos observar, el taller es una imagen casi indefinible por la pluralidad y complejidad de sus métodos, apartando en este caso la eficacia o ineficiencia de los mismos. Habría que preguntarse también, dentro de un espíritu más reflexivo, si la definición precisa del taller es necesaria, o si el taller mismo es ineludible dentro del proceso de formación de quien busca, y tiene la viva sed de información sobre cómo poder canalizar, formalizar, o rivalizar, con los impulsos que le motivan a escribir lo que siente, piensa, imagina, sueña o alucina. La ayuda que brinda un taller radica en el espíritu del grupo, en su compañía, su energía, quien se abre a ella, quien se abre al otro, se abre también a la vida.


Una sola cosa podemos afirmar sin temor a la controversia: el taller no fabrica poetas, menos a la fuerza, menos por la acumulación de papeles que certifiquen su estadía en alguno. Nada, absolutamente nada, hará de usted el poeta que usted mismo no se dispone a formar, a buscar. El taller jamás hará de usted el poeta que no es ni será. Y allí radica la hermosura de su experiencia, ya que puede liberar al necio de su engaño, liberar al disfraz de su máscara, invita a soltar, aceptar, y no pretender más que la sana convivencia entre quienes comparten una meta y un camino, sin los banderines numerados de la competencia, y ajustándose a un marco mínimo de disciplina que mueva un poco la tierra donde se cultive el trabajo posterior que nadie, absolutamente nadie, puede hacer por usted.

En el peor de los casos, cuando la frustración y el rencor son los tópicos de rigor de nuestro desafortunado responsable, el taller solo cuaja en el participante los males que agobian a su desdichado instructor, o por otro lado, no menos lamentable, cuando el canto es la alabanza gratuita, el halago en busca de algún tipo de favorecimiento placentero, el taller sólo cristaliza la superficialidad de una escritura cursi y totalmente prescindible a la literatura doméstica de un municipio.

En el mejor de los casos, el taller ofrenda a la comunidad un lector, un ser más atento y crítico, responsable con su lenguaje, tejedor de su idioma, sensible no únicamente a la poesía, sino a sus semejantes, a sus predecesores en el trabajo, respetuoso de la vida en todas sus formas y representaciones; cualidades esenciales de un ser humano solidario, de un ser humano responsable, que a la postre, en lugar de escribidores egotistas, es lo que más necesita nuestra minúscula vida ciudadana, salvajemente hipócrita, y tan civilizada. 



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