Crítica Maily Sequera

Del nihilismo a la grosería: Ese bochinche entre artistas y críticos

7:00 p. m. Maily Sequera


Es una tragedia generalizada: hemos confundido el nihilismo con la grosería. Se ha distorsionado el trato entre el artista y el crítico porque ambas partes han confundido el respeto con el convencimiento. Y ese es un grave problema. Porque el artista no quiere que yo lo respete, quiere que yo me convenza –y en consecuencia, intente convencer a otros- de creer en la calidad de su trabajo creativo. 

La sola existencia de la frase: “Yo respeto a muy poca gente”, es detestable. Para mí es una construcción lingüística errada pero practicada por default. La he escuchado de artistas, de profesionales de la comunicación y los medios, y genera un feedback cíclico bastante venenoso. Porque aunque usted crea en muy poca gente, su acercamiento al trabajo de otros debería hacerlo de manera respetuosa y, si es posible, con curiosa inocencia, con expectativa, con apertura.

El respeto debería ser una conducta natural pero culturalmente somos bastante maleducados. Ganar convencimiento es un proyecto más complejo. Ambas condiciones no aplican solo a la relación artística sino a lo más doméstico. En nuestros primeros años, escuchamos a nuestros padres repetir: “Debes respetarme porque soy tu padre”. Y seguramente fuimos niños que actuamos bajo las normas que suponían respeto en el hogar. Ya adultos, cada quien habrá formado una opinión y concluirá, sin proponérselo, si cree que sus padres son personas confiables o no. Independientemente de las conclusiones, deberíamos seguir siendo respetuosos pero, dependiendo de las condiciones, puede hacerse más o menos complicado. Idénticamente funciona el trabajo crítico. 

Luego años de recibir algunas livianas amenazas, ridículos insultos, peticiones más o menos lamentables, difamaciones y disculpas temerosas por escribir la opinión que algún editor me solicitara, quisiera dejar claro que la reseña y la crítica son géneros de opinión dentro de la escritura periodística. Pero que no se tome la opinión como un asunto liviano, que se emite sin fundamento y con unas cervezas encima, cuyo contenido se ha discutido con el enemigo local del artista para ver cómo se le arruina. La opinión se construye con conocimiento, apreciación, juicio y humildad. Claro, al artista puede parecerle injusto o equivocado nuestro punto de vista pero es inmaduro caer en el evento de anularlo, dibujándonos como individuos inconvencibles, sobornables, empáticos solo con los santos de nuestros milagros o gente carente de autoridad y gusto para decir alguna cosa valiosa sobre el material que otros producen. 



Por eso es ofensivo el insulto. Por eso es lamentable el berrinche. Cuando un artista está descontento con la reseña o crítica a su producción, es asombroso que pueda llegar a considerar que se le ofende personalmente, que se atenta contra él y su trabajo. Todo lo justifica y explica en las conspiraciones y fantasías más absurdas aún cuando, en la privacidad de nuestro oficio, hemos considerado su esfuerzo intelectual, creativo, económico, logístico, físico, antes de emitir nuestros juicios de valor. Quienes queremos hacer bien el trabajo de documentar la producción artística contemporánea, por supuesto que lo hemos hecho –y debo decirlo- aunque sea para ponerlo en duda. Por eso, si alguien expresa que no le convence un producto, no significa que su interacción con el material o el creador haya sido irrespetuosa. En la dura realidad, la crítica sincera –que es la única que vale la pena- no puede ejercerse desde el favor, la compasión, la amistad, ni la consideración de los atenuantes que afectan la calidad de lo que se presenta. Tampoco puede ejercerse desde la omisión, esa posición del crítico chévere que nunca queda mal porque si no tiene nada bueno que decir, no dice nada.  Quienes lo hacen, aún y sobretodo desde la posición privilegiada de representar medios de comunicación con un alcance envidiable, están conscientemente colaborando con nuestro estancamiento y miseria cultural, justificando esa injusta irrelevancia del tema. No me refiero a forzar falsas relevancias ni líneas editoriales. Reconozco que la crisis en los medios de información tiene padecimientos más urgentes. Yo hablo del trabajo pendiente, de batallar contra los 'medios cartelera', esos espacios vacíos de criterios y la repetición de las mismas opines. Me refiero a la relevancia de crear contenido y dárselo al público, de convertirnos en fuentes confiables, ser justos -que no es lo mismo que benevolentes- con quienes se mantienen productivos y documentar su trabajo porque ese conocimiento nos será útil en el futuro. 

Sé que la desilusión nos ha hecho más cínicos, que existen los críticos, artistas y faranduleros dedicados a la camorra indirecta o directa, a generar la chispa que enciende el candelero. Sé que existe el vicio, la mediocridad, la injusticia y la payola en todas las canchas y para todos los equipos. Así que con la autoestima afectada por el abuso, con el eslogan barriobajero de “respeta pa’ que te respeten” tatuado en el genoma y con una idea de lo que es respetable tan distorsionada, tenemos que rehabilitarnos urgentemente. 

Desafortunamente, el venezolano promedio –personaje que también encarnamos- cuando se siente ofendido, no tiene pudor ni temor para comunicar su sentir alterándose, insultando, exponiendo situaciones sensibles de la vida personal ajena y haciendo burlas de las condiciones económicas, raciales o físicas que presente el objetivo de su molestia. Pareciera que ser puntual, argumentativo y probatorio, es una ridiculez que le saldrá cara a quien pase por elegante. No importa si el agraviado va a quejarse en atención al cliente, con la organización vecinal o a una junta académica. Si lo tienen harto, si se siente irrespetado, se le ha permitido creer que puede disminuir al otro diciéndole gordo mariconegra putamaldito marginalpor-eso-tu-marido-te-dejóesa-hija-tuya-se-la-pasa-dando-culo, o cualquier construcción vulgar que se le ocurra. También podemos avanzar a la violencia física y, aunque no es gremial, comúnmente llegamos al asesinato. Anular al otro demuestra nuestra valía. No hay distinción entre el funcionario público, el estudiante universitario, la celebridad del internet local, un delincuente, un escritor, un rockero. Desde la élite al lumpen, defender una opinión es hacerse respetar y eso significa, para algunos, demostrar que tú eres cuatriboleado, el chivo que más mea, que a ti no te joden, que tú sí sabes poner-a-la-gente-en-su-sitio.



Pero evidentemente, hay una falla en este sistema de defensa. Sobre todo en el ámbito cultural, artístico y periodístico. Toda la validez de la opinión o queja se diluye en el espectáculo montado. Es como ver Laura en América o unas motos dando vuelta en la jaula de circo. El público está esperando ver cuál de los dos participantes acabará con todo. Cuando se acaba el show, no avanzamos en nada. Entre gente más o menos educada y sensible artísticamente, el asunto debería ser más honorable pero no termina de funcionar así.

El crecimiento, la solidez -pero mejor comencemos por la existencia- de movimientos culturales y artísticos, locales o nacionales, pasa por la reconstrucción del respeto en nuestra sociedad. Porque no existe posibilidad de creer en algo que no te convence y no hay manera de establecer una relación de convencimiento sin respeto. 

Hay otra frase anti apocalíptica, tan salvadora como barata, que promete resolver la inacción y desconexión social en la que vivimos. Me disculpo por reproducirla pero dice: “Hay que creer en la gente”. 

En mi humilde opinión, la propuesta es complicada. ¿Cómo podemos creer en gente que no respeta?





____________________________________
  • La diapositiva Nº 1 presenta un escena de pelea entre pequeños canes. La ira de uno de ellos sorprende al otro que inevitablemente, se verá envuelto en un episodio violento en el que no parece interesado. Similar a lo que ya habremos visto desarrollarse por medio de puntas, chismes y camorras en  Twitter, Facebook, Instagram y otras plataformas, el espectáculo es lamentablemente gracioso. 
  • En la diapositiva Nº 2 se observan dos figuras. La primera fase representa gráficamente el episodio que ha vivido cualquier columnista crítico al reseñar ciertos eventos musicales en los que montan una banda telonera desafortunada e inexplicable. En la segunda fase se observa al escritor, luego de cumplir con la escritura de su reseña, siendo intimidado por el manager, la novia farandi del cantante o -sorpresa- su propio editor descontento porque "esos chamos son burdepanas / brindan los frescos / siempre llevan  / yo le meto / etc."
  • Y por último, la diapositiva Nº 3 reúne varios episodios de violencia, variopintos y comunes, que ejemplifican  nuestra chispa natural para caer en lo que conocemos como "perder los papeles" . Según simpatías, intereses y momentos históricos, estas gráficas nos parecerán heroicas o vergonzosas. Como figuras de ejemplo, la vigencia de esta ficha es de aproximadamente tres mes. 

Podría interesarte

0 comentarios

Ácratas

Edición:
David Parra.
Redacción, diseño y diagramación:
Maily Sequera.
Autores y colaboradores:
David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

http://acracia.com.ve, 2017.

Contacto