Arte contemporáneo David Parra

Editorial: Cómo quebrar una máscara

4:07 p. m. David Parra





La cultura es un hecho inmanente en las personas. En los individuos de cualquier época, sociedad, país, planeta. No importa si se trata de un esclavo desnudo en las entrañas de un barco negrero a principios de la Colonia, un músico experimental japonés, un poeta ancestral mesoamericano, un trovador medieval o un artista del graffiti mundialmente reconocido. La cultura es algo que, a pesar de que nos quiten o nos despojemos de todo, sigue allí. Y ese algo depende muy poco de nosotros. Y me refiero a “nosotros” como ese montoncito de mitocondrías que supuestamente integran la “movida cultural” nacional. El arte, la música, la poesía, la literatura, la fotografía, la comedia, el teatro, el periodismo, son manifestaciones concretas de esa cultura inmanente y de la que hablamos con tanta propiedad. Porque, según muchos de los criterios dominantes, la cultura nos pertenece a nosotros, al “sujeto autorizado, a los intelectuales, artistas, escritores y periodistas que tienen los ojos más abiertos. Para algunos más radicales, la cultura le pertenece al pueblo. Y utilizo “pueblo” como termino político. Como un apéndice menor en el argot de Estado y Partido. No importa de qué color sea la bandera, es algo que puede – y logra- fusionarse con las tácticas mas coercitivas de imposición de pensamiento. Personalmente opino que es la definición más triste y pobre de la cultura. Para otros la cultura no debe ser de todos. Para otros no existe. Para otros ahora se diluye o diluyó. Para nosotros (APLP), siempre ha sido un ente híbrido, cambiante y complejo. Un animal salvaje. Algo que muta y confluye en constante diálogo con los elementos que lo integran. Un rizoma. Una raicilla que debajo de la tierra crece y se expande en todas direcciones sin un punto central u origen. Y desde allí pretendemos contar la historia.

Sin embargo, nos topamos con el problema de “a qué” acercarnos. Qué mirar, qué analizar, qué leer, qué escuchar. Cuando los columnistas de este fanzine me preguntan si reseñar o no, tal o cual elemento cultural, les pregunto si realmente les suena sincero. Si los conmueve y les parece real. Si es así, desde allí pueden elaborar un buen argumento. Aún así, desde este editorial, pienso darles una respuesta un poco más concreta y menos romántica.

Los elementos culturales creados, dirigidos y establecidos, por y para esa mínima comunidad de “sujetos autorizados” (con o sin la intención de serlo), se han convertido en los elementos culturales predominantes durante los últimos treinta años. Predominantes, como esas criaturas que a falta de depredador natural, llegan sin ningún problema a la cima de la cadena alimenticia. Establecen así sus reglas, sus filtros, sus patrones, sus normas de supervivencia. Estos elementos, poco a poco, se transformaron en el credo y mantra de las generaciones posteriores. Siendo, sin embargo –y aquí haré hincapié-, un mínimo guiño de la cultura inmanente a la que refiero arriba.




Solo basta con mirarnos. La literatura nacional se ha convertido es una versión amarillísta y cínica de Todo por la Corona. Una competencia a puñal por figurar dentro de una farándula triste, enquistada en el coroto, rodeada totalmente de humo. Se escribe para ellos, por ellos y con ellos. Los poemarios y cuentos funcionan como un pasaporte directo al VIP de esos atorrantes grupos. Martillamos plata en los concursos. Nos prostituimos. Abrazamos el comemierdismo. Procrastinamos el contenido real. Si hay que escribir 140 caracteres de basura, lo hacemos por plata. Si debemos escribir sobre el 11 de abril o ser una viñeta de Rayma, lo hacemos. Si tenemos que callar, lo hacemos. Si tenemos que dejar de emitir opiniones, lo hacemos. Si tenemos que escribirles los discursos a políticos mediocres, para que en sus promesas culturales nos incluyan, lo hacemos. No creemos en nadie. Nos peleamos puestos en federaciones, redes y sindicatos. Usamos palancas, sobornos, extorsión. Fingimos estar de acuerdo con los jueces. Fingimos demencia. Hacemos carteles con recitales y nuestros nombres para que la gente se bata un champú. Cientos de encuentros y conservatorios. Las investigaciones pasan desapercibidas. Lo que importa es a cuál bautizo de libro irás la próxima semana. Le sacamos plata a incautos y pajudos autodenominándonos talleristas. Montamos una cazabobos cobrando un palo y pico por explicar ví web, técnicas de spam y marketing editorial que son una mezcla entre libros de superación personal y tutoriales de Youtube. Por enseñar gramática y sintaxis básica. Por convertir a un salón de veinte personas en un puño de copycats. Queremos salir en las planchas. En los periódicos. Ser polémicos y controversiales. Somos un chiste de Tumblr. Hasta siendo anti-todo llamamos la atención. Nótenos, coñosdesumadre, no somos escritores de pueblo. Ni de barrio. Ni de nada. Somos los escritores que suplicamos que nos lean mientras la industria privada y el Estado hacen de nuestro contenido cultural una película de Brazzer.

“Es correcto que el Estado y las industrias culturales apoyen la creación y la investigación: sus aportes son solo objetables cuando compran la ausencia de tales bienes, es decir, el silencio cómplice o la adhesión mercenaria. (…) Gracias a tales políticas, gran parte de los intelectuales venezolanos se limitaron a venderle al sistema el prestigio que habían ganado adverándolo. (…) Los intelectuales pacificados se redujeron a la vacuidad o la inintegibilidad, cuando no al silencio. (…) La propia ausencia o falta de atingencia de su discurso los llevó a la irrelevancia total. La intelectualidad domesticada es la única élite que ha desaparecido por propia elección del horizonte de los eventos, mucho antes de que desempeñara el obligatorio relevo generacional.”1

Y esto ocurre con las demás ramas del arte. Se va a una galería y todo es una mezcla entre la abstracción balurda y el panfleto dignificador. Las galerías se llenan de causas nobles del Primer Mundo. Todo es ecológico, reciclable, etnofílico y sexualmente tolerante. Un discurso Disney que lleva de trasfondo la furia de la purga y la contradicción. A nadie engañan. Las galerías son santuarios elevados a lo políticamente correcto. El arte de este país te hace sentir mejor persona. Te hace sentir tranquilo. Las galerías alcahuetean la queja mientras ésta no sea evidente. Todos optimistas y sonrientes, posando al lado de sus cuadros para pasarlos por Instagram. Rotan los mismos cuadros, esculturas y fotos cada tres meses. La protesta es moderada y estándar. La censura es algo sobreentendido. El shock es pacato y triste. El performance, una mamadera de gallo. Se escalan puestos, se matan por becas y subsidios al exterior. No hay contenido. Se trabaja para ser expuesto, criticado, publicado y comercializado. Si se puede vender la obra en un forro de iPhone, un prendedor de lata o en estarcido sobre leggins, aquí se lo tenemos. Nos quejamos de los transportistas estafadores, los buhoneros vivos, los traficantes de insumos. Y mírenos. Somos el humanismo más hipócrita de todo el Caribe. Se tiene demasiado miedo.


Y que conste antes de continuar: no estoy juzgando a nadie.
Solo hay que llamar a las cosas por su nombre.

. El periodismo y la comedia tomaron la atorrancia pasivo-agresiva como ítem principal del discurso. La denuncia es burla. Ya nada duele. Y si la noticia duele, es cubierta con un histrionismo dramático tintado de lastima. Los periódicos son fríos y deshumanizados. Términos como: libertad, justicia social, país, realidad, situación, venezolanos, son ambiguos y confusos. Los medios de comunicación no son puentes de diálogo entre las partes. Los análisis intelectuales y políticos son desfasados y están fuera de contexto. Polvorines proselitistas. El alarmismo y la paranoia socarrona son el pan de cada día. La crónica y el reportaje se amparan bajo un par de guiones genéricos que funcionan para todo. La sobrevaloración absurda de la violencia urbana vende ejemplares. La fuente es completamente desmeritada por el rumor, el chisme y la especulación. ¿Qué es la verdad? Todos somos periodistas en Twitter. Repetidoras de contenido. “Es un oficio, no una profesión”, escuche por ahí. 

En la comedia, la reproducción sistemática de basura audiovisual, la súpersexualisación de la risa como analgésico social, el uso del absurdo para encubrir la queja personal sin generar mecanismos reflexivos en el lector o usuario, dejan en ambiente una risa hueca de tres segundos. El trato ambivalente y polarizado de la política -resentidísima y periquera- se encuentra en cada obra de teatro, en cada monologo, en cada chiste o viñeta. La sugestión represiva del pensamiento de un lado o del otro. La risa como propaganda. La ofensa y el ataque disfrazado de chalequeo mediático. Y ambas –el periodismo y la comedia-, justificando su actitud con el constante miedo a la incomprensión y la censura.


“Sí lo entiendo y aun así, me ofende. Y no es porque tenga algún problema con locutores amargados, predecibles, llorones y millonarios, que se quejan de las celebridades y de lo duras que son sus vidas (…) No. Estoy ofendido porque se comportan como si fuera mi responsabilidad defender sus derechos para atacar a los débiles como una manada de animales o que debería apoyar su libertad de expresión, cuando les importa una mierda la tuya o la mía (…) Defendería su libertad de expresión, si ésta estuviera amenazada. Defendería su libertad de expresión para que puedan contar sus bromas retardadas, racistas, depravadas, discriminatorias, todo eso con el pretexto de ser agudos. Pero eso no es ser agudos, eso es lo que vende. Porque ésta es la generación del “¿en serio el tipo dijo eso?” Donde un comentario chocante tiene más peso que la verdad." 2

Ahora bien, que quede aun más claro: esto no es una crítica recalcitrante ni una postura generalizadora o reduccionista. Esto es más un bien un pequeño retrato de esos elementos, grupos, élites, colectivos y medios que, según la convención nacional y los parámetros de investigación, son señalados -junto con la manifestación folklórica y el arte popular- para estudiar y registrar la cultura. La expresión total de un país. Y al verla detenidamente, sin ninguna moral o contemplación, da un diagnostico concreto. Diagnóstico donde, en lugar de ser una ventana directa a la inmanencia cultural, nos topamos con una serie de motivos caraetabla que jamás admitimos o admitimos a medias, culpando de la “crisis cultural” a otros factores, como por ejemplo la mala gestión económica y política. La cultura es una palabra gigante que va mucho más allá de eso y diagnosticarnos a nosotros enfermos no es algo grato pero nos ayuda a determinar con un poco más de detalle hacia dónde carajos vamos.


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Notas del autor:

1. Luis Britto García “Revista Nacional de Cultura. Año LIX / 1999 / Numero Extraordinario.

2. Frank - God Bless America (2011)


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4 comentarios

  1. David, antes de que la gente empiece a escribir "brutal Parra" y comentarios por el estilo. Cuando dices "Somos el humanismo más hipócrita del Caribe" (y entiendo que leíste a Delleuze y andas sobre las mesetas de la inmanencia, que es como decir un grado más refinado de tu discurso, que en sí mismo es violento, y con estos giros teórico adquiere cierto grado de sofisticación al gesto.). Señalando a todos y adquiriendo por arte de magia una autoridad que se enmascara (no olvidemos el título del artículo) en un "no estoy juzgando a nadie"; pero, que, en tanto que se niega juez después de hacer sentencia, no señalización del síntoma, sino categorización de la patología.

    Digo, algo así como criminalización de la enunciación misma, discurso de odio incluido, "hipócrita". Me da por pensar, que tu crítica a la "cultura", que no cultura pero "animal salvaje", en tanto que 1)quiebra máscaras, 2)hace máscaras que 3) se quiebran sobre el rostro de quien hace las hace.

    Pienso, que no puedes salvarte de la categorización que intentas en este artículo, del que se rescata la anécdota. ¿Qué hacer entonces con el animal salvaje?

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  2. Pues si Pedro. Tienes casi toda la razón en lo que argumentas. Y al darte cuenta del "se quiebran máscaras y al mismo tiempo se hacen mascaras que se van rompiendo sobre la cara del que las hace" creo que logré uno de mis cometidos con el articulo: Evidenciar la contradicción. Esa paradoja cíclica que funciona como el principal motor argumentativo dentro del sistema critico nacional. Y efectivamente hombre, yo no me puedo ni intento situarme desde afuera. ¿Sabes por qué? porque personalmente creo que nadie -al menos en principio- puede salvarse.

    Quizás cometí un error en el "no estoy juzgando a nadie" cuando en algún momento debí colocar "Nada personal". Pero por cuestiones de la vida, así quedo.

    Algo que si quiero aclararte: En el fondo no quiero hacer un cuestionamiento moral. Aunque por el tono y el "tono receptivo" del lector así lo parezca. No lleva la semántica del odio. Aquí no se trata de un "deber ser". No es un reclamo. No estoy pidiéndole nada a ese sistema cultural del que hablo. Solo quiero hacer un pequeño retrato sincero y concreto del mismo. Para luego poder aceptar sin miedo de que una de las problemáticas centrales en los últimos 30 años al intentar estudiar la cultura es eso. Esa gigantesca exposición de motivos. Esa grumosa y gruesa capa superficial. Hay que dejar de engañarnos y buscarle las cincuenta patas al gato. Nuestra idea del arte y la cultura, la política y la sociedad esta muy llena de blancos y negros. De buenos y malos. No nos gusta aceptarnos. No nos gusta la parte incomoda del asunto. Mamamos gallo, no hacemos los locos y seguimos con nuestro trabajo. Igualito. tendría mas sentido si ese micromundillo abrazara el descaro. por eso no es "hipócrita" en peyorativo. Es "hipócrita" en seco.

    Y a pesar de que yo escriba quinientos artículos como este ... tu y yo y todos sabemos que no va cambiar. "El caraetablismo" es uno de nuestros intems favoritos dentro de la movida.

    Definir que es lo que se busca, como se busca, y hacia donde apuntar es una meta mucho mas clara para APLP. Responder tu última pregunta, se nos hace mucho mas meritorio. más apremiante. De eso trataran los artículos siguientes. Y bueno Pedro esta será quizás una de las últimas veces que -parafraseando a Andres Eloy Blanco- le tiremos piedras a los reyes magos, para que nos caigan en los zapatos. Eso si te lo digo. Porque la pólvora que hay no da para tanto zamuro.





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