Carlos Quevedo Arteaga Literatura

Zoom a Marianne Díaz Hernández (II): Pensar en todas las cosas malas que pueden pasar

2:57 p. m. Carlos Quevedo


“La verdad es que cuando uno tiene que escribir
no hay nada que pueda impedírselo”


Estamos sentados en las mesas de algún lugar de Metrópolis Valencia. Es la inauguración de la 12ma Filuc. Ella lleva una especie de vestido (porque no lo es) azul. En mis manos tengo un ejemplar su segundo libro, Aviones de papel[1][2] (Monte Ávila, 2011), recién salido del horno, yo había leído ya un par de cuentos de ese libro, entre los que disfruté muchísimo uno llamado Como andar en bicicleta.

Los cuentos de Aviones de Papel tienen el poder de absorberte dentro de una historia cotidiana narrada de una manera increíble. Es imposible no sentirte identificado de una u otra manera en su trama.

Aviones de Papel, 2011


Ella cree, me dice, que ése es su cuento favorito de ese libro. Cuando abres el libro y te adentras en cada una de las historias, comienzas a evocar de una manera u otra el pasado.

Puedes, de pronto, encontrarte un párrafo así:

A veces, uno va caminando por la calle y se da cuenta de que al doblar la próxima esquina se encuentra la muerte. Entonces uno se da media vuelta y se regresa. A veces se regresa. A veces no. A veces uno se hace el desentendido y sigue caminando. Porque la muerte puede ser cualquier cosa. Un girasol recién cortado o un revólver humeante. O el rostro de la primera mujer que amamos cuando aún éramos niños y no sabíamos el tamaño de la desdicha que albergaba la vida.

Después de eso, lo que le queda a uno el lector es hacer una pausa, desenredarse el nudo de la garganta y continuar la lectura hasta el final. Nada de arrepentimientos ni pretensiones de ningún tipo. Una vez entras en las escenas de Aviones de Papel, el mundo cambia mientras las páginas sigan abiertas. Marianne dice sobre su libro:

"Aviones de papel me tomó como un año. Es el que me ha tomado más tiempo. Los cuentos son una transición entre mi primer libro, donde mis cuentos eran muy cortos y muy comprimidos. En éste los cuentos son más lentos y más largos, tienen como otro ritmo".

Se detiene unos segundos, mueve sus ojos de la forma en lo hacen las personas que están tratando de recordar algo. Se lleva la mano izquierda a la cabeza y se rasca con la punta del dedo índice por encima del gorro que hacía juego con su –especie- de vestido azul. Mira hacia ningún lugar en específico y continúa:

"Encontrar ese ritmo me costó trabajo. Pero también fue proceso de catarsis, porque son cuentos más melancólicos, de amores perdidos, más nostálgicos, hay mucha tristeza con respecto al pasado, a los recuerdos".

Escribir no le es un problema, lo hace –asegura- para calmar las voces en su cabeza, para evitar volverse loca:

"Uno va por la calle y escucha algo, ve algo, y un personaje, un escenario, una historia se le mete por el oído, como una abeja, y no lo deja en paz más. Entonces hay que escribir."

De preferir, escogería escribir en un lugar bien iluminado, donde haya ventanas, silencio y un buen café.

"Pero la verdad es que cuando uno tiene que escribir, termina haciéndolo de pie en un autobús, apoyando el papel contra la ventana, mientras suena un reggaetón a todo volumen: no hay nada que pueda impedírselo".

Ríe a carcajadas. La acompaño porque esa es una verdad universal para los escritores. El tiempo avanza, la gente va y viene, una chica rubia en un vestido violeta se sienta en una de las mesas detrás de Marianne, la observo sentarse con su bandeja de comida. Al sentarse, pasa su mano por detrás de sus piernas para acomodarse el vestido. Se sienta, cruza las piernas. Me gusta observar a las mujeres que llevan vestido y he cultivado esa tarea como una obsesión particular. Hago de las obsesiones un tema de conversación. Wikipedia te dice que obsesión viene del latín obsessĭo que significa asedio. Centrar toda tu atención en una sola idea, en la versión idealizada de algo, sea lo que sea. Marianne me habla sobre las suyas. Dice, con ligereza, con tanta naturalidad como si soltara un globo de helio al viento:

"Pensar en todas las cosas malas que pueden pasar. También soy muy obsesiva con los errores ortográficos."

Seguimos avanzando entre tópicos y conversamos sobre su tercer libro, Historias de mujeres perversas.

"Yo tengo un humor muy extraño. Cada vez que alguien me preguntaba qué estaba escribiendo me moría de la risa, porque son mujeres que están todas locas. Eso es muy distinto de lo que he venido escribiendo. Porque en este nuevo libro, si hay diez cuentos, en nueve hay asesinatos. Me había molestado mucho que la gente que leyó mis primeros libros me dijera que mi escritura es muy femenina, que escribo sobre mujeres a pesar de que la mitad de mis cuentos son sobre hombres, el narrador es un hombre y es sobre él. Entonces decidí escribir sobre mujeres. Un libro sobre personajes femeninos y lo que comencé a escribir fue sobre gente extremadamente loca, algo así como Inglorious Basterds. Escribí tres cuentos a principio de año y luego lo dejé porque me pareció que no estaba funcionando. Me costaba mucho la parte del humor. Es difícil escribir sobre un personaje acuchillando a otro y hacerlo con humor. Y luego me senté a escribirlo y lo terminé en un mes. Me puse una fecha límite para enviarlo a la Bienal. Lo envié como una forma de darle cierre a ese libro y gané. Ahora no sé qué hacer."

Si has leído a Chuck Palahniuk, si has leído su novela Diario, seguro recuerdas la frase que dice: Tú eres todos los colores y todas las pinceladas. (…) Lo único que puede hacer un artista es describir su propia cara. Estás condenado a ser tú. (…) Todo lo que haces lleva tu firma. Todo es un autorretrato. Todo es un diario.

Converso con Marianne sobre los personajes de sus historias, sobre esa línea difusa entre la personalidad del personaje y el narrador, entre el narrador y el autor:

"Siempre hay algo de uno en todo lo que uno escribe. Todos esos personajes tienen pequeñas partes de mí, ya sea un gusto específico por algo, o un rasgo de personalidad, neuróticos, miedosos. Y todo eso lo mezclan con cosas que uno ve en la calle, en otras personas, en un libro o una película. Y todo resulta en un coctel donde a uno lo cuesta reconocerse en esas historias o en esos personajes".

Actualmente lee varios libros: Pelando la cebolla, de Günter Grass; La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares; La silla del Águila, de Carlos Fuentes. No le gusta sacarle significado a todo lo que lee, nada de deconstruirlo semánticamente. Utiliza los libros como una lectora fiel, como un escape y un refugio. Después con el tiempo, dice poder analizar la realidad a través de lo interpretado, encontrar patrones como personas parecidas a personajes y situaciones parecidas a libros. Agrega que sólo ocurre con el tiempo y luego de un proceso de digestión subconsciente.

Mirando en retrospectiva, Marianne Díaz Hernández piensa que sus tres libros están incompletos y debería trabajar en escribir y revisar. Dice:

"Cada vez que agarro uno de mis libros y lo veo me digo tú lo puedes hacer mejor".

En sus planes para el futuro está la novela,

"Estoy tomando notas para una novela desde hace un año. No he empezado a escribirla porque no me siento con las herramientas. Es una historia muy compleja, muchos personajes y muchas subtramas, y cada vez que trato de meterme, salgo corriendo. Tomé muchas notas y tengo como una especie de estructura. Aunque también estoy empezando a escribir una novela corta. O un relato largo, no sé todavía. Es sencilla, es lineal, hay dos personajes centrales solamente, algo más parecido a lo que he venido haciendo, a diferencia de este otro proyecto en el que no quiero meter todavía porque la verdad me da miedo".

Recomienda a los escritores nóveles y a todos aquellos que recién incursionan en la narrativa, que lean:

"Todo lo que les caiga en sus manos. No creo en eso de que solo hay que leer lo bueno. Hay mucha literatura mala, uno tiene que leerlo y ver qué fue lo que hizo ese autor que está mal. Por ejemplo, un personaje que le dice algo a otro personaje y que ese otro personaje ya sabe, sólo para que el lector entienda. Y leer literatura buena y ver lo que está bien".

Sobre el uso de las redes sociales para promover sus obras, Marianne dice:

"Me temo que me muevo en las redes sociales para conectarme con gente que me interesa, de la que puedo aprender, con la que tengo cosas en común. Gente que no conozco, por lo general. A mí lo que me interesa es la gente. Esa barajita de ‘popstar’ de la literatura la tengo completamente en blanco. Lo que sí he hecho es usar Twitter para contar de Aviones de papel, de entrevistas que me han hecho, cuentos que me han publicado por ahí, y unos ejemplares que estoy sorteando en Goodreads".

Sus textos tienen traducciones al francés, portugués y esloveno. Egresada en 2007 como Abogado por la Universidad de Carabobo, Marianne trabaja como Coordinadora Editorial para Monte Ávila desde 2010. Le encanta trabajar en Monte Ávila -dice-, siente que es el trabajo de sus sueños. Añade que la transición fue muy buena, el adquirir experiencia en la edición de libros. Comparando su anterior trabajo en el Ministerio del Trabajo, bromea:

"¿Sabes la diferencia entre un sindicalista y un libro? Si te molestas con un libro, lo cierras."


______________

[1] El libro de Aviones de Papel lo consigues en las Librerías del Sur al igual que su libro anterior, Cuentos en el Espejo. Asimismo, te invita a piratearla y descargar la versión digital su obra de forma gratuita.
[2] El día sábado 11 de febrero a las 10:30am, será el bautizo de su libro Aviones de Papel, en Librerías del Sur (locales 14 y 15, Nivel 1 del C.C. Camoruco), Av. Bolívar Norte, Valencia.



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1 comentarios

  1. Ya te dije, Quevedo, que esto te quedó hermoso, que voy a ir a buscarte a Valencia para que me des mi Aviones de papel.
    Ahora, leyendo lo que le sacaste a Marianne, pienso en que yo también tengo la obsesión de pensar en todas las cosas malas que pueden pasar.
    Iba a decir una torpeza al momento de escribir este comentario: que uno se cura con los años porque en la infancia, cuando piensas en las cosas malas que pueden pasar- que son muchas, además-,éstas rondan alrededor de qué pasa si nuestros papás se mueren, si los juguetes viven de noche, si nos asustan cuando vamos a dormir, si duele mucho cuando te sacan un diente flojo. Y luego, cuando estás grande, te consuela poder defenderte o tener voluntad o fantasear menos.
    Hasta este momento, no me había dado cuenta...
    No es que te alivias de pensar en todas las cosas malas que podrían pasar sino que las cosas malas se vuelven una o dos o tres y son gigantes, poderosas, terribles.
    ("no sabíamos el tamaño de la desdicha que albergaba la vida")
    Haré una nota mental.
    Marianne, gracias. O no.

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