Barquisimeto Erneso Caldarelli

FRACTAL de Ernesto Caldarelli: De Cortázar a El loco de la Pancarta

11:45 p. m. Juan Miguel


Argenis Jiménez es un tipo que se recorre Barquisimeto entero con una pancarta en la cabeza que dice REPRESION EN LOS PSIQUIATRICOS. Caza protestas y huelgas y va allí a apoyar a sus colegas gritando consignas y merodeando por las cercanías, de forma que los periodistas tomen de forma clara y concisa el mensaje en su pancarta en fotografías y reseñas. Argenis tiene por lo menos unos 15 años caminando la ciudad con su rectángulo de cartón en la cabeza, llevando su protesta pacífica y parsimoniosa a cualquiera que lo escuche. De Cortázar no podría decir nada que ya no se haya dicho.

Este contraste puede definir de manera muy básica la mezcla que existe en la obra de Ernesto Caldarelli. Ahora bien, podría sin mucho esfuerzo, de forma sistemática y adoctrinada, dejar su biografía para ser archivada en alguna base de datos de internet y proceder con los correctos estudios de su vida, su corte de pelo, sus gustos por la música y preferencia en vinos. Claro que, pretendo hacer algo mejor:

Descarguen y lean Fractal, su libro. Ahí está la espina dorsal y todos los espejos de este Barquisimetano heterogéneo.




La calle y la ciudad es una cantera inagotable para cierto tipo de escritores. Recuerdo que en casa de un amigo en común, con polarcita  y escuchando “Here comes the sun” nos sentamos una noche hace par de años a impersonar canciones mutantes de James Brown y Lila Morillo.  Ernesto Caldarelli, a quien me presentaron como “El Molusco” me dijo, entre cualquier azar etílico nocturno, que le quedaba una copia de “Fractal”, su libro. Cuando ofrecí comprársela, me dijo en burla que me la regalaba, que esa joda costaba tres bolos, que ni pal pasaje. De allí que leí, releí y me estudié las calles, personajes y encuentros, como una guía turística a ese Barquisimeto de papel.



El primer coñazo que da Fractal llega, en forma de agradecimientos:

A las imágenes que puntualmente se filtran por el teclado.
Las narices frías, los IDEM, el cubo.
A Mazinger Z, Bart Simpson y el Chapulín Colorado por forjar los primigenios arquetipos.
A Silvia Saint, Milla Jovovich y Kylie Minoge, por servicios en simulaciones manuales.
A Bakunín, Heidegger y Jesús Cristo por explicarme sus temas.
A la burocracia, la calle y la muerte frente a mí, por hacérmelos entender.

Luego, a quien no acostumbre la saliva, la sangre, los estupefacientes y la mugre a formar parte de su preferencia en la estética literaria, la narrativa de Ernesto se le antojará cortopunzante. Y es que coño, ningún hijo de los noventa escapa a la vorágine de la existencia latinoamericana:

Nuevamente fui al baño, encontré un tampón, de una
patada lo volé a la sala y allí lo dejé. Pobre tampón, sin encajar,
pisoteado hasta hacerse sangre.

De igual manera, en la ecuación también se encuentra entre cornetazos y humo de marlboro rojo, la melancolía, el amor y la añoranza:


Simulada, la noche en mis bolsillos tan llenos, tan vacíos.
Mis dedos van deslizándose hasta el fondo más hondo,
más profundo. Cerrando el puño creo, que no sólo billetes
y monedas quedan encerrados en mis dedos. Tal vez tu cabello
se deje colar, junto a un leve aroma que me traiga el
ruido de las avenidas en la madrugada.

Como último testimonio de este trabajo, dejo el deseo metafísico, la reverberancia de la epifanía fortuíta y existencial, esa que se manifiesta de pié, borracho/jalao/enchavao en cualquier reunión improvisada con Patelefante y Sentimiento Muerto, como canal y escenario general de la deconstrucción social juvenil Venezolana noventera:

Intento recordar en que momento se dio el intercambio
de las cosas, tal vez fue cuando yo estaba en el baño, o cuando
fuí a llenar mi vaso. Sólo sé que cuando volví ya todo estaba
en otro punto. Todo había cambiado sin cambiar, pues
las acciones y la música eran las mismas; al igual, las personas
y el humo de los cigarrillos.


Desde hace algún tiempo conocía ese librito, que no costaba lo que cuesta un pasaje en rapidito de Cabudare a Barquisimeto. Consta de veintiún versiones diferentes de la existencia Venezolana, una dedicatoria (o repartidera de culpas, dependiendo de cómo se vea), prólogo y el manifiesto de un colectivo al que Ernesto perteneció para entonces. Acá un fragmento:

SNAPSHOT. Somos la discontinuidad de lo continuo, una manera de hacer escritura artística, que se busca en la simpleza de la cotidianidad, en la marca de su tiempo, en el golpe que todos los días recibe el individual íntimo de cada uno.
SNAPSHOT. Terrícolas humanos, que vamos al chat, que encendemos la televisión, que nos amamanta el sincretismo, que nos alimenta, el ser y el hacer urbano, con sus transculturizados nervios, con sus resistencias, con sus apóstoles carroñeros, con sus santificaciones cursis.
SNAPSHOT. Somos de miserias y contramiserias, escritura. Libres de culpa, globalizados sin complejos, hispanoamericanos, de esta parte de la aldea que inventó, con su nacimiento, a la postmodernidad.

 “Fractal” es un homenaje de 69 páginas al grito, el disparo, los raspaos de granadina, los semáforos atestado de punkies y rudeboys malabaristas, la Vargas con Venezuela, los personajes bukowskianos de media noche, los botellazos catapultados desde el otro lado de la Libertador en época de elecciones, la repartición equitativa y brechtiana de la salsa y el rock desde Vulcano hasta Los Faroles y demás engranajes de esta ciudad –fácilmente extrapolable a cualquier otra en Venezuela- en la que todos somos cómplices de alguna historia imposible.


Puedes ver y leer los demás trabajos de Ernesto en su blog, al igual que descargar FRACTAL.




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1 comentarios

  1. Nojó! voy demasiado pendiente de descargar ese libro. Suena a la salsa que bailo. dale que está en verde compay!

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Edición:
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Redacción, diseño y diagramación:
Maily Sequera.
Autores y colaboradores:
David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

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