Carlos Quevedo Arteaga Literatura

Zoom a Marianne Díaz Hernández (I): La soledad nos rodea siempre

8:48 a. m. Carlos Quevedo

“La poesía es una cosa como más pasional,
uno tiende más a ser depresivo”



La primera vez que vi a Marianne Díaz Hernández[1] fue en la 10ma Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (Filuc). Aquello ocurrió entre octubre y noviembre de 2009. Llevaba un vestido claro. No recuerdo si tenía flores, pero estoy casi seguro de que tenía un patrón que se repetía, aunque no en todo el vestido. Azul oscuro. Lo recuerdo porque era un vestido. Y mi buena memoria, la mayoría de las veces, es selectiva.

La conocía (a Marianne) porque envió un poema al blog de Poesía desde Valencia. Para ese entonces, yo había comprado y leído su primer libro, Cuentos en el espejo[2] (Monte Ávila, 2007), ganador del V Concurso para obras de autores inéditos de Monte Ávila. En el cuento que le da título al libro, te encuentras con esa dualidad del ser, con la necesidad de saber, la capacidad de desprenderte y evaluarte, de juzgarte, mirándote a los ojos y sin titubear:

"Pienso en los espejos. En esa superficie lineal en que nuestra imagen golpea y regresa hasta los ojos, devolviéndonos siempre algo de nosotros mismos que ignoramos, que negamos o que no coincide con esa imagen que permanece en nuestras mentes cuando intentamos imaginarnos. Pienso en esa imagen que nos entrega pistas sobre cómo nos ven los otros pero que nunca puede decírnoslo todo, porque siempre está presente, con más fuerza, lo que pensamos de nosotros mismos."

Hablamos un poco.
Entre el agitado pasillo armado de la feria, le dije que me firmara el libro –nada mejor que un libro firmado por su autor- y seguimos hablando un poco más. Marianne empezó escribiendo poesía cuando era pequeña, pero hace unos cinco años –dice- que no escribe poemas. Le gusta la poesía clásica, los sonetos, “la poesía rimada” –dice- y la métrica. Y dice: Si tú escribes así, te dicen que estás pasado de moda. Yo lo intenté como hasta los 16 años, cuando todavía era niña. Y me di contra todas las paredes del mundo, perdí todos los concursos habidos y por haber, nadie quería publicarme poesía en ninguna parte. Y comencé a enviar los cuentos, porque yo también escribía cuentos. Con los cuentos quedó en el taller de Monte Ávila, le publicaron en Letralia, y la llamaron de la Semana de la Narrativa Urbana. Añade que se siente más cómoda escribiendo narrativa, que escribir cuentos le ha dado estabilidad, dice: “porque la narrativa es otra cosa”.

La poesía es una cosa como más pasional, uno tiende más a ser depresivo. Yo decía en una entrevista que la poesía tiene elegidos. La narrativa, tú la eliges a ella. Y te fajas y le das como puedas, pero la poesía te elige a ti. Y si tú no estás elegido, estamos mal, es como seguir tratando de darte contra una pared. Yo decidí no darme contra una pared.

Sobre Cuentos en el espejo, Marianne dice:

Acababa de terminar el taller de creación literaria que organiza Monte Ávila anualmente, y tenía ese impulso que dan los talleres, tenía la cabeza llena de ideas, y me senté a escribirlas, una tras otra, en unas vacaciones. Escribí casi al ritmo de un cuento al día, y terminé el libro en un mes. Se fue así, con muchas fallas, como siempre, porque soy impaciente y tengo que terminar las cosas rápido y empezar otras, si no, no funciono y las cosas no cuajan.

Había participado en montones de concursos, como he participado y perdido posteriormente; perder es algo a lo que ya me acostumbré y lo voy manejando mucho mejor cada vez. Ganar, por otra parte, es algo con lo que todavía no he podido entrar en buenos términos; no me acostumbro porque me ocurre poco.

Le pregunto cómo se sintió esos días posteriores luego de enviar su material al concurso.

El veredicto, el año en que yo gané, se tardó un poco y yo estaba al borde de un ataque de nervios, y había entrado, como siempre, en la fase de «ya perdí, déjalo así», que me da cada dos semanas, más o menos. Cuando me llamaron para decirme que había ganado, pegué un grito que dejé sorda a la chica de Monte Ávila que me estaba llamando. Pobrecita, ya se habrá acostumbrado.

Marianne se confiesa una fan desesperada de Haruki Murakami. Soy como una belieber, dice, sólo que leidita. Sin embargo, aclara que le parece “egoísta y cruel” que le pidan escoger un solo escritor. Sobre Murakami dice:

Murakami construye personajes e historias con visos fantásticos, en ocasiones, pero sobre la base de los temas que me interesan, que me han interesado siempre: la soledad, las relaciones entre los seres humanos, el hecho de que aunque amemos y seamos amados, cada persona es una isla, inabarcable e inalcanzable. La soledad nos rodea siempre, nos cerca, sólo podemos tender puentes y comunicarnos en ocasiones. Los autores japoneses, en general, suelen tocar de alguna manera estos temas.

En un posible universo, donde Marianne fuese la guionista de una película sobre un escritor venezolano, comenta que uno sobre la vida de Renato Rodríguez sería “un vacilón”, aunque también dice, sería un poco triste. Se detiene, y lo piensa otra vez:

Aunque pensándolo un poco más, creo que me parecería interesante una película que abarcara el año en que Gallegos fue presidente. Él, como personaje, es interesantísimo, pero también ese episodio en la historia de Venezuela habla mucho de lo que somos como país. Y no halagadoramente.

Cuando volteas los roles, en otro posible universo, a Marianne le gustaría que, si alguien hiciera una película sobre ella, la dirigiera Wong Kar Wai:

Sería perfecto porque a mí me gusta mucho la estética y la atmósfera de lo japonés. Las películas y la literatura japonesa. Aunque sería una película aburrida. Si alguien se interesara, la persona que lograría la estética que a mí me gusta sería Wong Kar Wai.

De niña, siempre quiso escribir. Me dice que también quiso hacer teatro, dibujar, ser diseñadora, bailar ballet y un sinfín de cosas que no recuerda:

Pero no hubo ningún momento en el que no quisiera escribir. Tragaba libros; siempre lo he hecho. En eso, la influencia de mi madre, que es escritora, ha jugado sin duda un papel fundamental. Uno no puede crecer al lado de alguien que está todo el día leyendo, escribiendo, hablando de libros, contando historias, y no enamorarse de las palabras.

Tampoco recuerda cuál fue el primer libro que leyó en su vida. Piensa y varios títulos salen a relucir: Marianela, Ifigenia, Los Hermanos Grimm, Ana Isabel, Doña Bárbara, El Principito, Pinocho. Aclara que la mitad de todo lo que la leído lo hizo en la infancia y en la primera adolescencia. Dice:

Tratar de ubicar temporalmente esos libros sería una misión imposible, por dos cosas: porque comencé a leer antes de los cuatro años, y porque muchos de esos libros los leí dos, tres o cuatro veces durante la niñez.

Le pregunto: ¿qué pasaba por tu mente cuando leíste esos libros? y, con naturalidad, dice:

No creo que pasara por mi cabeza mayor cosa; era mi cabeza la que pasaba por esos escenarios. Yo me iba, viajaba, me dejaba absorber; todavía extraño esa manera de poder abstraerse de todo, que he perdido. Nunca he sido analítica en cuanto a lo que leo; lo hago por placer, como podría comerme un chocolate o tomar un baño de espuma.

A sus 26 años, Marianne Díaz Hernández cuenta con diversas publicaciones en revistas digitales, como País Portátil, Letralia, Ficción Breve, Alenarte, Poesía desde Valencia, entre otros.




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[1] Puedes leer a Marianne Díaz desde su blog La vida no trae instrucciones.
[2] El libro Cuentos en el espejo lo consigues en Librería del Sur. O en formato digital en su blog.

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