Carlos Quevedo Arteaga colaboraciones

Todos los vidrios rotos del mundo, por Carlos Quevedo (sobre la Antología poética de Orlando Pichardo)

6:43 p. m. Ácracia pour les porcs



El tiempo siempre va en serio. Pero a veces, conspira morbosamente y se hace pesado y lento como un día nublado. Así ha sido desde abril. Y desde entonces, todos los objetos parecen estar más alejados. Como cuando miras todo a través un retrovisor.
Llega mayo y nada cambia, excepto el creciente síndrome de abstinencia pulsándome cada célula del cuerpo. Y luego junio, tan descuidado y sin prisa, como buscando abarcar todo el espacio que no le corresponde.
Despierto -finalmente- un domingo de julio y descubro que la poesía siempre intenta arrastrarte, llevarte de nuevo a sus costas como un mar violento y terco. Y cuando el agua salada se te mete por la nariz y los oídos no te queda más que aguantar la respiración todo el tiempo que puedas hasta pegar la cara de la arena en la orilla.
La noche se rompió en día. Está nublado. Tiendo la cama. Esa madrugada el insomnio duró el doble, porque el tiempo seguía maldito y viciado. Había amanecido en casa de mi buen amigo Guillermo, porque la noche anterior teníamos una pequeña reunión improvisada con unos amigos. Nada de alcohol esta vez, sólo conversaciones aleatorias y un par de capítulos de Shameless.
Él estaba en el sofá, concentrado el terminarse su libro de Harry Potter.
Agarro mis cosas y me meto al baño. Nohayaguacaliente. No me sorprendí por eso, pero ese día esperaba que el agua no estuviese tan fría.
Guillermo hace café y me pregunta si lo quiero con leche. Le digo que sí y me viene a la mente el médico diciéndome que -excepto por los yogures y quesos pasteurizados- desistiera de ingerir lácteos.
Pero mientras la cafeína de esa mañana alcanzaba todos los rincones de mi cerebro, Guillermo cierra su lectura y busca otro libro, me dice: -escucha esto-.
Acostado sobre la noche
me cobijo con la sábana del alma
y tus senos de estrella se reflejan en mis ansias
Tú conoces un
calendario secreto
donde semanas y meses sólo oyen nuestros pasos,
un calendario donde los días se desatan en tu piel
y me hacen longevo de besos.
Los primeros versos los filtro y hago pedazos, nada cambia mi postura desinteresada e inmutable de sentarme en una de las poltronas. Y de pronto, llega la primera ola y me moja los pies.
Quiero pensar en ti que me amas y te amo,
que en cada
isla de mi sangre
estás desnuda esperando.
Tú tienes un río donde me baño hasta quedarme sin aliento.
Comienzo a sentir mis pies húmedos y todala habitación llenarse de agua salada. En ese momento el tiempo avanza más rápido y el salitre comienza a desgastar las paredes de ese piso cinco en el que estoy.
Floto. Respiro otra vez. Todas las imágenes convergen y desfilan en haces policromáticos. Veo el lápiz con que fue escrito cada verso. Siento el frío en la piel y el pasar de los días como hojas secas arrastradas por todos los vientos.
Sólo entonces, me desconecto de la realidad. O vuelvo a ella.
Mañana es piel,
anótalo en tu calendario,
día para amarse como locos.
Tú tienes un
calendario secreto
se inicia en tus caderas como huracán desatado en el invierno,
sus ojos atraviesan el ilimitado abismo de mi sombra
y en él recojo las estaciones del olvido que presiento.
Para entonces mis ojos se cierran, quizás, un poco, debido al sueño. Pero en ningún momento dejo de ver.
Hoy me queda la luz de la conciencia,
el recuerdo de tus piernas izadas
como vela de barco navegando el mar de los deseos.
Dichoso yo
que subí la cumbre de tus senos
y como río bajé hasta el salado mar de tu presencia.
De pronto el tiempo regresa y me encuentro escribiendo poemas nuevamente. Recuerdo uno de mis poemas (he trepado/ esa pendiente peligrosa/ que lleva hasta /la cima de tus labios/ y no me canso). También recuerdo (caigo desarmado/ en el precipicio/ de tus senos/ hacia tu ombligo), y termino de crear el escenario surrealista de mi mente.

Tus labios
pequeño sol,
cauterizaron la agonía de mi cuerpo
y provocaron en mi espíritu
un vuelo con el cual pude alcanzar el horizonte.
Más tu calendario era de corto tiempo
y se agotaron sus páginas,
y se terminaron mis sueños.
Guillermo termina de leer y yo no digo nada, al principio. Las paredes vuelven, mis pies se secan, ella vuelve al mismo lugar de siempre. Le extiendo la mano para tomar el libro y leo con detenimiento cada una de las palabras que recién escuché.
-Está bueno -, dije.
Cerré el libro y en la portada podía leerse Los vidrios rotos, en el título. 'Orlando Pichardo', se leía debajo. Una antología poética editada por Monte Ávila Editores en 2008.

Abro el libro en una página al azar y encuentro un poema: "Solté las amarras/ en un mar de tempestad de hielo con olas de cresta fría/ y corrientes sin metáforas ni cantos (...)". Otra vez, olas llegaban a mis orillas. Los versos de Pichardo, que para esa manaña, no conocía, comenzaron a hacerse eco en mi mente. A llevarme al mar. Mientras yo no hacía esfuerzo por ir a otro lugar. Allí, a lo lejos, algunos pelícanos se hundían en busca de peces. Rápidamente, entre las hojas, encuentro: "Esta noche/ Las estrellas partirán conmigo al campo de los sueños/ Y las playas de mis manos/ sentirán el oleaje de tus senos/ Eres tú entre la pesadumbre y el canto/ Cantos de lluvia para calmar delirios/ De fuego para desterrar silencios (...)". Sonrío.
Regreso. Busco otra página al azar. "No puedo dejar que el insomnio/ acorrale mi descanso/ mas/ si es de madrugada y despierto estoy/ es porque el sueño me hace notar con crueldad/ la distancia a la que estoy de mí mismo (...)". Vuelve a ocurrir.
Voy al principio del libro, el primer poema se titula La poesía:
Todos los vidrios rotos del mundo
son mis huesos

mis páginas en blanco.
-Esto está demasiado bueno-, digo sin dejar de mirar el libro, de sentir su peso y pasar sus páginas de un lado a otro. -Tienes que prestarme este libro- le exijo. Tengo que escribir sobre esto.

+ Fotografía principal del post por Cstrangephotography. Imagen de tapa de Los vidrios rotos de Orlando Pichardo y autoretrato del autor, cortesía de Carlos Quevedo y Biohistorias.

Podría interesarte

4 comentarios

  1. Pionero, ¡qué tal!

    Másfinooo
    Gracias por la notita o "notica", para que suene más criollo.

    Por cierto, desechable.co.cc ya no es más así, es nuevamente poesiapunkdesechable.blogspot.com. Culpen a Google.

    ResponderEliminar
  2. Pelícano

    He descubierto
    Que sin la tristeza
    No me doy cuenta de la vida
    Sin embargo
    No soporto su aletear de pelícano enfermo


    Otro de Pichardo, tan pequeño y tan enorme. Me gustó esta entrada.

    ResponderEliminar

Ácratas

Edición:
David Parra.
Redacción, diseño y diagramación:
Maily Sequera.
Autores y colaboradores:
David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

http://acracia.com.ve, 2017.

Contacto