Maily Sequera Miyó Vestrini

Los sábados no ando buscando epifanías (II)

6:31 a. m. Maily Sequera


El escritor tiene una responsabilidad terrible. Algunos creen que son varias pero la única que me preocupa es la consecuencia de ser la memoria y la -esquizofrénica- cronista de mis amigos y mi familia. A veces, escribir se siente como si tuvieses que lanzar botellas de vidrio con los ojos vendados. Elegir entre un silencio que te suplican los otros y la necesidad propia de decir algo es como prohibirte ir al baño, una tortura.

“... Porque si de comenzar a enmendar el error se trata, porque si lo único -y lo justo- que podemos hacer para expiar nuestras culpas con Miyó Vestrini la poeta es leerla, leerla y leerla, una de las vías para devolvernos hasta allá y para invitar a otros a hacer el mismo, es hacerla dialogar -a ella y a sus textos- con quienes conocen su misma lengua y cuya voz ya han sido escuchada por nosotros, o al menos ha sido menos silenciada: tal es el caso de la poeta norteamericana, (...) Anne Sexton (1928-1974).
Ambas, y con ellas Sylvia Plath, tuvieron el valor de escribir poemas de odio (¿será eso lo que molesta de Miyó Vestrini?) Todas hicieron suya la sentancia de Kafka: “Un poema debe ser como el hacha para el mar congelado que llevamos dentro” (¿será eso lo que queremos impedir?). Todas, como expresa Anne Sexton en una entrevista (...), “por una parte estaba(n) escarbando mierda y, por otra, la estaba(n) enterrando”, en un doloroso proceso donde se imponía buscar la franqueza del lenguaje ordinario (¿será eso lo que nos perturba?)
Miyó Vestrini, como ellas, fue una “cazadora de lo real”. Le echó mano a lo real sin titubeos y sin miedo a dejar la piel y oler a carne quemada en medio del proceso (¿será eso lo que nos intimida?) Su ambición, (...) era la de acceder a la verdad poética, no a la verdad de los hechos (¿será que no estamos capacitados para acceder a la verdad?)” [1]

Ya no quiero decir con quién estoy pero es el mismo sábado en que leo a Miyó Vestrini con Aarón Almedia, frente a una peluquería. Me ilumino: recitaré en peluquerías. Leemos juntos un manifiesto de Miyó y lo hacemos nuestro. Somos unos cursis. Ahora, las mismas copias de la Revista Imagen viajan en mis piernas mientras manejo por Las Delicias, siempre llena de carros. ¿Quiénes serán mayoría, los que saben a dónde van o quienes no tenemos idea?, ¿quién estorba a quién?

Mi copiloto tiene un amigo muy enfermo, con breves esperanzas de salud. Eso me cuenta. No sé cómo esta persona, afectada físicamente, terminó siendo una figura que nos servía para ejemplificar a nuestros compatriotas. Sé que caímos en el tema porque hablábamos de la omisión, de cómo (los venezolanos, digo) nos acostumbramos a vivir en la improvisación y la inadvertencia. Uno el argumento pero, en realidad, cada quién defendía una posición, la inocente y la culpable. Contradecía yo: -no es que no nos importa lo que pase. Es que sobrevivir está primero. Hay que sortear y resolver el día a día, el dinero, la -falta de- luz, el -corte de- agua, la inseguridad, el tráfico, la hostilidad, la decadencia, el hambre, lo chusma, lo mediocre, el mal gusto, el abuso de poder, los rumores psicoterroristas-. Pero quien me acompaña insiste en la inadvertencia, dice que hemos preferido ignorar y dejamos pasar la vida sin identificar los grandes problemas. Quedarnos con los pequeños nos da excusas, nos exime. Señala e insiste en acusar a quienes no tenemos tantos pesares, a quienes estamos mejor. Nosotros, la clase media, y los otros, la clase alta. Dicen mis profesores que eso ya no existe pero mi interlocutor defiende su punto: la enajenación. Internet, el Blackberry, el iPad, el viaje al apartamento en Tucacas -cuando es puente-, el cupo CADIVI, el novio - que si es un perro / que si es un pegoste-, que quieres cortar, que te cortaron, el matrimonio de tu prima y el regalo, que no tienes un vestido, que estás gorda, que el lunes vuelves al gym, pero a otro, porque esa caraja te imita - se cortó el pelo como tú, marica, quién le soporta la voz; es una zorra- y el dato de dónde comprar caña si hay Ley Seca, dónde beber, que ahora de cualquier calle te saca la policía, y la farándula, el culo de Kim Kardashiam, el local de los viernes, que a ese ya no vas porque se llenó de tukkys, que mejor jugamos Rock Band con los vecinos, que en la casa es más seguro - pero ¿sabes?, a la hermana de Tito la secuestraron- que el amor de tu vida se va del país, que ya la mamá lo espera hace seis meses en Italia y acuérdate, te dijeron que no pagaras con débito en Farmatodo porque a tu tía Elvia le clonaron la tarjeta. Esa clase de mierdas en las que caemos.

Realmente, en ese momento, es que me habla de su amigo enfermo, muy enfermo. Me dice que la madre del pobre lo abandona largas temporadas. Sale del país, compra algunas cosas. No es que le trae unos zapatos al chamo. Vuelve y le cuenta que compró un apartamento en New York. Ese tipo de compras. Y el chamo ya no es nadie. Ni siquiera puede ser un enfermo porque su madre no lo ha asumido y es una necedad que él lo haga. Cuando se ve con quien me cuenta su historia, le dice que está aburrido. En serio, está aburrido. Pienso que nadie se puede aburrir con una probabilidad de muerte tan cercana o un apartamento en NYC pero, mira, es posible.
-Este es un chamo que siempre ha estado ladillado. Cree que necesita de algo que está afuera, con otros, que de él solo depende obtenerlo- dijo- y a veces las vainas no son así. A veces no son los otros. A veces tú eres el aburrido, tú eres el mentiroso, tú eres el malacama. Y añade:- Cuando crees que puedes tenerlo todo, pierdes la capacidad de inventar. Eso es lo que nos pasa (a los venezolanos, digo) Cuando aceptemos que somos nosotros y que tenemos que inventarnos soluciones, cambiaremos. - Sí, hay que joderse. Hay que hacer lo que tenemos que hacer-. Quito la vista de la vía, quizás por primera vez en toda la conversación, inútilmente. El alumbrado público, apagado, inexistente, me hace creer que hablo con mi sombra. Generalmente, diría que así no se puede, pero no lo dije.

La república del amor

Cada día se me hace más difícil amar. Cada día, es más complicado dejarse amar. Por eso, pienso que esta noche debemos recuperar, y para siempre, la capacidad de amor. Mientras más elemental, más telúrico, más llano sea ese amor, más república seremos. En el amor, como en todos los asuntos humanos, el entendimiento cordial siempre es el resultado de un malentendido, decía Baudelaire. Y si para ese comunero infernal el amor fue difícil, la locura espléndida, y la violencia desmedida, para nosotros no puede ser menos. Yo, presidente de la Comuna, les advierto: sólo se aceptará el reclamo legítimo del amor insobornable. Sólo se escuchará la voz terrible y dulce del afecto y la ternura. Entiéndalo bien, republicanos: deben olvidar el poder, porque el poder está en manos de un tirano maravilloso, loco, payaso, espléndido. Y si él traiciona, todos habremos traicionado. Si él claudica, todos habremos claudicado. Es nuestro riesgo. Sé que a veces y sobre todo ahora, en un país que nos atormenta con su ruidoso desorden, con su vulgaridad mercenaria, la violencia ronda y muerde. Como buena comunera, conozco el tumulto, los gritos, la incontenible furia de los eternos humillados o el simple y solitario llanto en la barra de un bar. Pero sé también, porque lo he aprendido de ustedes, que el amor que nos une en torno a este necio tirano, es más poderoso que toda muerte, que todo olvido. Si los imbéciles que observan y juzgan a la República del Este desde sus pulcras y hermosas habitaciones supiera cuánto nos amamos, cuán cómplices somos, comprenderían cómo es de hermoso el mundo para nosotros, pese a sus miserables vivencias cotidianas. Del amor y sólo del amor quiere hablar la comuna. Del amor pasado y del amor presente. De la gran risa amable de Manuel Alfredo. Del grito de alegría de Rubén porque está escribiendo. De la tímida voz de Mariana al esquivar a un borracho. De los inefables chistes de Ramón. De la mirada de Aquiles cuando se siente solo. De la brillante tos de Adriano. De la elocuencia medieval de Alfonso. De los admirables y dulces silencios de Elías. De la voz de Gisela cantando a Tito. Del paraje andino, nublado y solitario en los ojos de Orlando. De la solidaridad de Junio. ¡Poetas, escritores, borrachos, traidores, locos, burgueses, chancleteros, cuántas etiquetas llevan a cuestas! Pero la comuna les dice: sepamos vivir juntos, tristes o feroces, alegres o solitarios, pero juntos, amparados por un tirano que nos ama más que a su propia vida. Aprendamos a defender nuestro derecho al sueño, a la locura, al amor pleno y estallante. Desconfiar de nosotros mismos, es perdernos. La comuna estará en la calle, en los bares, en los más remotos rincones de esta cruel ciudad y de este duro país para saludarte tirano, para que, un día. “vendrá la muerte y tendrá tus ojos...”. [2]

[1] Extractos de Miyó Vestrini dejó dicho: La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor, por Patricia Guzmán, para revista Imagen, nº 30-1.

[2] La república del amor, de Miyó Vestrini. Discurso en el acto de transmisión de poderes de la República del Este, mayo de 1976 (inédito) Revista Imagen, nº 30-1.

Nota de la autora: La ilustración de este post es mía. Me cansé de ver a Miyó Vestrini en blanco y negro. La mía es así. Se la pueden llevar de aquí, de rumba, padóndequieran. Tienen licencia.



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6 comentarios

  1. A mi lo que más me gusta de todo esto es ese suéter hipster que le puse a Miyó Vestrini :) Gracias por los comentarios. Ustedes son más fieles que un domingo sin agua.

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  2. He pasado por acá, y esto ha pasado por mi, me ha gustado...

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Redacción, diseño y diagramación:
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Autores y colaboradores:
David Parra, Maily Sequera, Flora Francola, José Eduardo González, Carlos Quevedo, Daniela Nazareth, Jeanfreddy Gutiérrez y Edu Salas.

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